05/22/2018
Columnas

Para ti, pido un maestro Bergstrom

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Leonora, estás a punto de ingresar al colegio, solo faltan unos meses. Hoy es día del maestro y desde este momento quisiera que supieras lo importante que son los profesores en nuestra formación académica y aunque muchos se empeñan (y es correcto) que ellos solo deben enseñarnos: matemáticas, español, historia, etcétera; hay muchos que debido a su compromiso, no solo profesional sino humano, te dan mucho más que eso.

Cuando era aún una niña conocí o tuve la fortuna de tener un maestro, que aún en mis días más tristes he recordado,  de él aprendí no solo a entender las matemáticas, español y su fuerte la biología, creo que con tu afición por los animales habrías sido enteramente feliz con él. De él aprendí a no quedarme callada si algo no me parecía, de él aprendí a saber que siempre tiene más quien da, que quien recibe.

Él era un hombre alto, de tez blanca, y que estoy segura tenía varias mamás como admiradoras, su equipo eran las Chivas rayadas del Guadalajara, por eso en algún tiempo tuve un banderín de ese equipo, pues siempre creí que todo lo que él hacía estaba bien hecho, de él también aprendí un mal habito que ahora tristemente te heredé: A morderme las uñas. Leía la revista Muy Interesante y Proceso, quizá de ahí el interés que fomento en muchos de sus alumnos por temas relacionados a lo que él creía.

En algún capítulo de los Simpson llega un docente a la vida de Lisa, llamado maestro Bergstrom, si tuviera que describir un poco de la esencia que dejaba en el alumnado el maestro Felipe, sería esa, no era el típico maestro que entraba al salón de clases y te impartía una materia, no, él era algo más que eso, se involucraba en la vida de sus alumnos, algunos con carencias emocionales que con un poquito de atención el cubría y me incluyó entre ellas. Desde entonces entendí que un profesor para salir del promedio debía tener esas características humanas que pocos tienen.

Ser profesor no es como ser abogado, o ser médico o ser lo que se sea (cada profesión es admirable y respetable), pero para ser maestro se necesita alma pues estás formando a los futuros profesionistas u obreros o lo que sea del futuro, estas formando un carácter y un alma en cada clase, en cada día que pasas frente a tus alumnos, para ser maestro y merezcas ser nombrado así, creo que todos los profesores deberían ser un poco “Felipes”.

Felipe Lozano me enseñó el valor de la verdad (aunque para algunos no sea buena o cierta, el sabría si miento o no), pido a Dios que en tu camino encuentres tu propio maestro Bergstrom, y así como le dijo, en aquel capítulo a Lisa: “Tu eres Lisa Simpson”, llegue ese ser de luz que tal vez emplee palabras distintas pero sepas que por siempre “Tu eres Leonora García”, y siempre, cada día, sepas que la enseñanza diaria es ser la mejor versión de ti misma.

Mi maestro Bergstrom nunca me dijo “Tu eres Claudia Arellano”, pero sí me hacía sentir valiosa, inteligente, solidaria. Mi maestro Felipe, más tarde fue padre y estoy segura hizo de sus hijos seres valiosos como los que necesita este país, su esposa, también maestra, llegó a darme clases de educación física, aunque con ella no fue la relación tan estrecha, sé que era una excelente persona.

Mi “maestro Bergstrom” me enseñó a construir un insectario, a admirar la naturaleza y a respetarla, me enseñó el valor de compartir, en ese tiempo disfrute mucho mis días en la escuela, pues nos hacía vernos como hermanos entre compañeros, y él era el padre de todos. Nos enseñó a reciclar, juntábamos periódico, latas, cartón y plástico, al final con esos ahorros comprábamos regalos para las mamás en su día.

Durante mucho tiempo ese maestro cubrió los huecos que sentía en mi pequeña infancia, me encantaba escuchar sus clases, la única en que me quería dormir era en matemáticas, pero siempre que contaba historia o biología, era como viajar a los sitios que nos describía.  Han pasado muchos años desde entonces, pero hoy sé que entre las pocas virtudes que pueda tener, muchas son gracias a él.

Algún día que yo lloraba en clase pues tus abuelos tenían problemas “de adultos”, me contó que en la época prehispánica la madres se encargaban de la educación de la niña y el padre del niño, que yo debía ser feliz pues mi mamá estaba dándome lo mejor y que no importaba si mi papá de momento no estaba tan cerca,  pues mi padre me amaba donde estuviera (en el trabajo, en otro lugar…)

Ese mismo día me contó que en la gran Tenochtitlan los niños entraban a la escuela hasta los 13 años, en el caso de los hijos de plebeyos al Tepochcalli, y en el caso de los nobles al Calmecac (la casa del llanto o casa de la negrura), me dijo que la vida siempre estaba en cambio y uno debía adaptarse para ser más fuerte cada día, me secó las lágrimas, y ese día me llevó a mi casa en su auto, un clásico de color blanco, ¿sabes? Sentía ir como en un carruaje con un caballero, real, al dejarme en la casa donde vivíamos, no quería que pasará, pues me daba “pena” nuestra condición, y ese día llovía.

Cuando llegamos a casa, tu abuela sacaba del cuarto el agua que se había acumulado por la tormenta, y en nuestro techo que era de láminas de cartón ya en condiciones deplorables, se acumulaba el agua, él entró y solo me dijo: “Siempre hay gente peor que tú, lo más grande que puedes tener es el cariño de tu mamá, esto va a pasar y la lluvia se va a secar, nunca sientas pena de esto, más bien siente pena, si algún día robas, mientes o hieres”.

Siempre tuvo una palabra que animara, no solo a mi sino a mi madre o a otros padres, o a otros niños, nos iluminó la vida, y sé que donde esté en este momento lo hará con alguien más, espero no se lo haya tragado el sistema como lo hizo con muchos de nosotros.

El maestro Felipe fue real lo ví y lo viví, no fue un sueño, con él reafirmé mi gusto musical, el cual ya antes me había compartido mi padre, gusto por The Beatles, Queen, etc,etc…  Sí pudiera felicitar con todas mis fuerzas a alguien el Día del Maestro, sería a ÉL, pues nunca le dije cuánto lo quiero, lo respeto y admiro, y que siempre hasta mi último día será mi MAESTRO, quien más que darme lecciones académicas, me dio lecciones de bondad y amor a mi prójimo, esas lecciones que quiero aprendas.

Mi amor, mi niña hermosa, espero ser una gran maestra para ti, espero que tengas maestros que no solo te enseñen el valor de lo académico, sino que te hagan saber lo que mamá y papá te harán saber con su ejemplo, que vales no por un 10 o por un 9, sino que vales por cuanto puedas aprender y compartir.

Felicidades a los docentes que se ganan su sueldo siendo parte de la vida de sus alumnos, que les dan un poquito de su ser, que dan más allá del conocimiento de una aula, gracias por formar a nuestros hijos y habernos formado a cientos de profesionistas en este país. Y espero que aquellos que no tienen la vocación de dedicarse a esta profesión tan noble mejor se retiren y sigan prestando más atención a sus dispositivos electrónicos pero den el espacio a aquellos que sí quieren hacer el cambio.

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