12/19/2018
Columnas

México: cuando las personas se tornaron cuerpos

Por Dra. Ivonne Acuña Murillo*

Hace algún tiempo, durante un sexenio blanquiazul en México —dirá el cuentista—, las personas se tornaron cuerpos. Cuerpos sin rostro y corazón, cuerpos sin nombre, sin identidad, integridad o familia; cuerpos sin lugar de origen ni destino, sin pasado, sin futuro, sin sueños, sin dignidad. Cuerpos que de golpe fueron despojados de todo aquello que los hacía humanos.

Primero, fueron llamados, por un gobernante de cuyo nombre no quiero acordarme, pues no merece ser nombrado y menos recordado, “daños colaterales”, después víctimas, y al final sólo cuerpos, cuya característica distintiva no es ya su nombre sino la forma en la que fueron encontrados: descuartizados, colgados, desmembrados, decapitados, regados, esparcidos, sin cabeza, sin manos, sin pies, piernas, cabeza o torso, violados, torturados, mutilados, quemados, en estado de descomposición, enterrados o semienterrados en fosas clandestinas, desnudos, semidesnudos, destripados, parcialmente disueltos, con parte de alguna prenda que con suerte permitirá su identificación o un pedazo de ‘algo’ (hueso, carne, sangre) en condiciones que posibilite un análisis de ADN.

Como si nos encontráramos en la Edad Media o en alguna época previa a la ‘humanitaria guillotina’, se multiplica el repertorio y variedad de torturas y formas de ser muerto o muerta, mismas que antes eran ‘aplicadas’ (vaya un tecnicismo) por el amo al esclavo, el rey a sus súbditos, el señor feudal a sus siervos, la Inquisición, que de santa no tenía nada, a quienes ‘se desviaban’ del camino de la fe, por el tirano a sus gobernados. Primero, bajo una supuesta autoridad reconocida por Dios, las costumbres o la tradición; después, apoyados por las leyes que reconocieron el derecho del Estado-nación al uso legítimo de la fuerza; y, ahora, por quien quiera, necesite o pueda al amparo de la impunidad y el desgobierno o de la complicidad abierta o encubierta de gobernantes corruptos, omisos, infames, sátrapas.

Una vez muerto y despojado de su humanidad, ‘un cuerpo’ de mujer puede ser relatado como: “Fémina encontrada en estado de descomposición”; “Fémina que fue encontrada semidesnuda”, “Fémina cuyo cuerpo fue encontrado tirado a un costado de la cama, dentro de un domicilio”; “Fémina que fue encontrada descuartizada en bolsas de nylon”; “Fémina encontrada en sacos después de haber sido desmembrada”.

También ‘los cuerpos’ de varones o grupos desposeídos de su sexo son narrados de acuerdo a la forma en que fueron encontrados: “Hallaron nueve cuerpos descuartizados en una camioneta”; “Hallan tres cuerpos descuartizados y decapitados”; “Los restos de tres personas fueron dejados este sábado en cinco bolsas abandonadas frente a un restaurante”; “Ocho cuerpos más, (dos decapitados y otros descuartizados) fueron encontrados en la misma zona”; “Los cuerpos fueron seccionados en varias partes y habían sido decapitados”; “Hallan dos cuerpos desmembrados en la Ciudad de… y dispersos sobre la vía vehicular en la colonia…”; “Hallan niños bolsas de plástico con cuerpos desmembrados”; “Cinco cuerpos decapitados fueron abandonados en una funeraria de…”.

O si se prefiere: “Arrojan cinco cuerpos decapitados a las afueras de una funeraria”; “Los secuestraron, asesinaron y disolvieron sus cuerpos en ácido” (tres estudiantes confundidos con narcos por pandilla rival); “Los restos fueron llevados el Servicio Médico Forense (SEMEFO) de…”; “Quedaron disueltos en una mezcla líquida que se depositó en aljibes, donde permanecieron varios años hasta que los encontraron”. A veces, incluso, se menciona al sujeto que perpetró el crimen y se dice: “El ‘Pozolero’, un albañil que acabó disolviendo en sosa cáustica 300 cuerpos”.

El lugar poco importa, en cualquier pueblo, ciudad, municipio, estado del país pueden ser hallados cuerpos en las condiciones mencionadas. La hora o la víctima tampoco importan. De mañana, de día, de tarde o de noche, hombre, mujer, niño, niña, joven, adulto, viejo, vieja, campesino, obrero, enfermera, ingeniero, médica, estudiante, ama de casa… poco interesa. Cualquiera en cualquier lugar y a cualquier hora puede convertirse en un cuerpo sin historia, sin rostro, sin corazón, sin pasado, sin futuro, peor aún, en ‘los restos’ de un cuerpo olvidado.

La oscuridad, el anonimato, la intimidad, el callejón apartado de la vista, el rincón, la casa oculta, la habitación silenciada, la propiedad abandonada han dejado de ser los lugares de ocasión para ‘convertir personas en cuerpos’. La calle, la luz del día, la vereda, el camino rural, la calle central del pueblo, la avenida que atraviesa la capital del país de norte a sur, la plaza del mariachi, la puerta de una casa o su interior, una escuela o sus alrededores son todos lugares ‘propicios’ para esta monstruosa metamorfosis, pensaría Franz Kafka.

Sólo que, en esta ocasión, el sujeto no se transforma solo, por la noche, sobre su cama, en función de un proceso incierto sujeto a múltiples interpretaciones, sino que lo hace forzado por las circunstancias, a manos de terceros, por el infortunio de estar en el peor lugar a la hora inadecuada, aunque cabría hacer notar que, en México, cualquier lugar y cualquier hora pueden convertirse en minutos, en el peor lugar y la peor hora.

El horror ha dado paso a “una normalidad siniestra” y cuando “nos acostumbramos” a la aparición cotidiana de cuerpos sin rostro y corazón, y cuando pensamos que el encuentro de una fosa clandestina con cientos de cuerpos es ya algo cotidiano, y cuando se piensa que nada peor puede pasar, aparecen cientos de cuerpos apilados en camiones que deambulan por la ciudad a falta de espacio en algún SEMEFO estatal y como resultado de la ingeniosa o desesperada solución a la falta de espacio en las morgues oficiales.

Por supuesto, no hay que olvidar que hace poco más de seis meses, en el estado favorito de cierta televisora, las y los trabajadores de la Fiscalía estatal se negaron a seguir trabajando dado el olor nauseabundo que se desprendía de otro SEMEFO rebasado por la cantidad de cuerpos. Hedor que se impregnaba en sus ropas y que era la evidencia clara de cuerpos en descomposición que no podían ser atendidos con la rapidez requerida. Sólo que, en aquella ocasión, esos cuerpos no vagaban por la ciudad, permanecían en el suelo, sobre alguna mesa o, incluso, en el estacionamiento del edificio. (http://www.ibero.mx/prensa/mexico-apesta-entre-el-sarcasmo-y-la-tragedia).

Cuerpos chorreantes, cuya sangre sirve de decoración profana a los dos tráileres como si se tratara de las llamas que se dibujan sobre los autos deportivos. En estos macabros vehículos se pretendió contener el fétido olor, el proceso de descomposición, la dolorosa despersonalización de los cuerpos que se acumulan sin que nadie pueda siquiera “deshacerse de ellos velozmente”, cuantimenos detener la muerte que, como en el cuento de Julio Cortázar, ha tomado la casa.

A los cuerpos esparcidos, desmembrados, decapitados, quemados, deshechos total o parcialmente y en todas las condiciones ya mencionadas, habrá que agregar ahora ‘cuerpos’ que viajan deprisa, como escribiera, en el siglo XVIII, Gottried August Bürger en su poema Lenore. Deprisa hacia dónde cabría preguntarse.

Caminan, deambulan, buscan unir sus partes, ser reconocidos por sus familiares, sus amistades, sus vecinos, añoran su rostro y su corazón, extrañan el pasado que los hizo humanos, el futuro que les fue negado, el descanso que ni ellos, ellas, sus madres, padres, hijas, hijos, hermanos, hermanas, abuelos, amigos, novias, novios encontrarán ya nunca.

¿Qué pasó en México? ¿En qué momento la dignidad de poseer un nombre, un rostro un corazón, una historia se convirtió en un bien negado? ¿Cuándo el dolor de algunos se convirtió en rabia hacia los otros? ¿Por qué la tierra y la memoria dejaron de ser el lugar del descanso eterno? ¿Cuándo un tráiler errabundo se convirtió en morada? ¿En qué tiempo y espacio nos convertimos todos, todas, en víctimas potenciales susceptibles de perder integridad y humanidad a manos de quienes no tuvieron oportunidad de llamarse humanos o siéndolo lo han olvidado?

A la indignidad de vivir una vida llena de incertidumbres, miles, cientos de miles habrán de sumar la indignidad de morir violentamente y la indignidad de ser tratados como ‘restos’ de un cuerpo no reconocido, no reclamado o lo que queda de algo que ya no es y no será.

*Académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la IBERO

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