02/21/2019
Columnas

La empresa como promotora de la dignidad humana

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Por Mtro. Miguel I. Gallo Reynoso*

Desde sus épocas más primitivas, el ser humano ha tenido que asociarse para obtener lo necesario para su manutención y sobrevivencia. A diferencia de otros predadores que por sí solos podían cazar para alimentarse o de mamíferos y herbívoros que una vez nacidos sabían mamar y procurar la leche de sus madres, la especie humana necesitó unir fuerzas para cazar, para proteger a sus crías, para buscar refugio, para cobijarse. El ser humano primitivo conoció así que la colaboración redituaba en beneficio de quien participaba en esa asociación.

Conforme las sociedades crecieron y las necesidades primitivas fueron satisfechas, las prácticas de caza y recolección cambiaron con la agricultura, la domesticación de animales, la construcción de refugios y la comprensión del entorno –las relaciones de causa y efecto en los fenómenos naturales– y, poco a poco, en la capacidad de anticiparse a los efectos de ciertas causas. Se desarrolló la inteligencia (de todo tipo) en el ser humano y este no perdió de vista que difícilmente una persona aislada es capaz de obtener para sí misma lo necesario para sobrevivir: siempre hay necesidad de relación con otras personas y de asociación para satisfacer todo tipo de necesidades.

La evolución intelectual llevó a las sociedades a generar la especialización de habilidades y de conocimientos, con lo cual nacieron, en primer lugar, los oficios; después la sociedad se hizo cada vez más compleja y los oficios se multiplicaron y refinaron.

Pero esto no significó renunciar a los beneficios de agruparse sino, al contrario, sirvió para perfeccionar sus aprendizajes y técnicas, con lo que nacieron los gremios y sus categorías. De manera paralela y cada vez con mayor intensidad y velocidad, el intercambio de habilidades y bienes mutó hacia el pago de servicios, de la recepción de pagos o desarrollo más especializado de habilidades, se pasó a la acumulación y de esta al poder.

Después la fuerza se concentró no en quién sabía más sino en quién tenía más; dejó de gravitar en la calidad del trabajo o en la habilidad del agremiado para pasar a la cantidad acumulada. Los príncipes, emperadores y reyes propiciaron o participaron en el juego con la ventaja de haber sido los primeros en acumular fuerza y poder. Derivado del afán de acumular llegaron la esclavitud, la explotación, la opulencia y la miseria.

Fue gestada la Revolución Industrial y empezó la competencia de ideologías alrededor de la acumulación: alguna buscaba la acumulación personal para derramar después sus ‘beneficios’, otra pretendía centralizar las decisiones sobre la distribución generalizada de los bienes producidos (porque asumía que la sociedad no sabe decidir), alguna otra propuso que la acumulación debería quedar repartida entre todos sin orden ni concierto, y así algunas otras. Las ideologías provocaron hambre, desocupación, guerras, injusticia, una mucho mayor concentración de los bienes en cada vez menos manos y la pérdida de valor de las personas porque han sido vistas como instrumentos al servicio de la acumulación. Ya veremos qué nos depara la cuarta generación tecnológica.

Con el correr de los siglos el valor de la persona ha sufrido una tremenda pérdida pues de saberse miembro de una sociedad (que en el principio fue para la supervivencia) se reconoce ahora como pieza de una maquinaria, reemplazable (descartable, en palabras del Papa Francisco), prescindible, pero con una necesidad importante de trascender.

Al inicio de 2017, en México, amanecimos con un importante incremento en el precio de las gasolinas y el diésel. En esa ocasión, como respuesta a la medida, ocurrieron saqueos a establecimientos comerciales, con lo que salió a relucir una inconformidad social que quizá reflejaba no solo el enojo por el incremento en los precios sino la impotencia ante la violencia experimentada, la desaprobación de la administración pública y quizá, en el fondo, el rechazo a la corrupción de las figuras públicas. Supongo que los sociólogos habrán explicado este comportamiento.

Ahora, al iniciar 2019, vuelve a crisparse la sociedad por un manejo poco claro de una situación grave: el enfrentamiento a la corrupción y al crimen organizado. No es mi intención discurrir sobre los cómos o los por qués de la forma en que el gobierno federal asumió esta lucha, forma con la que, vale decirlo, no estoy de acuerdo. Pero por involucrarnos en la discusión acerca de la existencia o no de gasolina dejamos de ver asuntos gravísimos que recientemente han sucedido: la matanza e incineración en Tamaulipas, el pasado 9 de enero, de 25 personas; el asesinato de 7 personas en una celebración religiosa en Sinaloa, en la que murió una niña de 14 años; el incremento de feminicidios; la cantidad de muertes principalmente de hombres, aunque también de mujeres, jóvenes en manos de los cárteles del narcotráfico; el cambio en las leyes que atenúan delitos como el feminicidio, la violación o el abuso a menores; además de las escenas de familias enteras robando mercancías y maíz de los trenes asaltados; las aglomeraciones de civiles alrededor de las tomas clandestinas de los ductos de Pemex para llevarse combustibles que llevó a la tragedia de Tlahuelilpan, Hidalgo; personas robando reses de un tráiler accidentado en una carretera de Veracruz.

En fin, son innumerables los hechos que nos hablan de una desintegración social que, evidentemente, se acentúa por la inequidad económica, la pobreza, la imposibilidad de acceder a los servicios de salud y educación. Ante esa disolución social surge, como opción integral, la participación de la empresa para la promoción de la persona pues, además de contribuir en la economía, la empresa debe convertirse en un espacio de desarrollo personal, profesional y comunitario, en donde sus integrantes puedan asociar su capacidad intelectual y esfuerzo físico al desarrollo de un proyecto común y local –en un principio–, comunitario y regional –como beneficio intermedio– y de impacto nacional –como su máximo alcance, por modesto que sea. Entre los elementos con que la empresa puede aportar a la sociedad se encuentran el propiciar mayor calidad de vida entre sus integrantes: salud, alimentación, educación, espiritualidad, cultura, justicia, bienestar y seguridad, con lo que su influjo trasciende a los ámbitos familiar y social.

Sin importar su naturaleza, tamaño o cobertura geográfica, la empresa, entendida como una asociación de capacidades: económica, intelectual y física, debe despertar como espacio para el desarrollo de las personas, en donde se incentive la creatividad, la participación, la solidaridad; debe asumir su papel como promotora de la dignidad humana, pero, sobre todo, incorporar en sus objetivos la búsqueda del bien común. Así, al construir personas en su cotidiano quehacer económico, la empresa será constructora de paz.

*Es director de la Escuela de Emprendimiento Social de Innovación (EDESI) de la IBERO

 

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