DE REPORTEROS

Roles de género facilitan la violencia a mujer

Desde pequeña, se estereotipa a la mujer en la sociedad y en su entorno familiar, en un papel de subordinación, donde generalmente pasa de una dependencia de los padres a la del marido, quien tiene el control. Las relaciones de género dentro del matrimonio están matizadas por el poder masculino en todos los ámbitos.

Esta situación ha derivado en una tolerancia de la violencia por parte de la mujer dentro del vínculo matrimonial, afirmó Luz María Rocha Jiménez, profesora de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM.

En un estudio realizado por la académica sobre divorcio, se detectó que en la mayoría de los casos son ellas quienes rompen el vínculo, después de soportar años de sometimiento psicológico, económico, patrimonial, físico o sexual.

Panorama

En México la prevalencia de malos tratos hacia el sector femenino a partir de los 15 años es importante. “Identificamos un 44 por ciento de violencia psicológica, 35.4 por ciento económica, 27.3 física y 7.8 sexual.

El 56 por ciento de las mujeres no sufrió esta situación por parte de su pareja; sin embargo, el resto (44 por ciento) padece dos tipos: una es siempre la psicológica, la segunda puede ser cualquiera de las otras Además, 25 de cada mil experimentan las cuatro.

No obstante, las estadísticas no corresponden a la realidad, pues las mujeres tienden a ocultar que son objeto de violencia, ya sea por vergüenza, temor o porque se niegan a aceptar que su familia es disfuncional; entonces, podemos suponer que el índice es mayor, subrayó.

La violencia usualmente inicia en el noviazgo, cuando los jóvenes pellizcan, empujan, devalúan, ignoran o controlan a la novia. Ninguno de los dos considera que esto sea irrespetuoso. Después, al casarse hay más confianza y el hombre tiene mayor control, pues considera que ella es de su propiedad. La situación sube de tono y termina en una relación destructiva.

Antes de solicitar el divorcio, suelen tolerar situaciones extremas por años debido a diversas razones: los estereotipos en donde están catalogadas son difíciles de romper porque los mandatos culturales fueron inculcados desde la infancia, refrendados en la adolescencia y ejecutados en la etapa adulta.

Además, la experiencia de sometimiento en la familia de origen y la violencia producida en el núcleo familiar, regularmente son un patrón repetitivo en las siguientes generaciones.

Generalmente, son sometidas a abuso por parte de sus parejas, pues han padecido ausencia de una figura afectiva desde la infancia, lo que las hace fantasear que un esposo maltratador significa que ellas son importantes. Otra razón es la falta de una red de apoyo, principalmente familiar, pues es común que los progenitores consideren que los esposos tienen derecho sobre ellas y deciden no involucrarse.

La invisibilidad de la violencia es otro factor; si no saben identificarla, es difícil que tomen acción. La falta de información sobre sus derechos o la carencia de un empleo también influyen. Es común que nunca hayan tenido un trabajo remunerado, lo que les genera temor de no poder sobrevivir sin su pareja. La dependencia económica es un factor decisivo.

Pero cuando se atreven a separarse, toman conciencia de sus habilidades, generan ingresos, y al experimentarlas su autoestima se eleva y empiezan a definir una identidad propia.

¿Qué hacer?

De acuerdo con Rocha Jiménez, una jovencita puede detectar esta situación al no sentirse plena en su relación.

Ante ello, la experta ha propuesto talleres para mujeres y hombres, en donde puedan tener información y les expliquen cómo establecer una relación sana.

Además, concluyó, existen instancias de protección a donde pueden acudir. Incluso hay refugios en donde son recibidas con sus hijos; ahí las resguardan para que el marido no las encuentre y tomen el tiempo necesario para buscar un nuevo hogar y adaptarse.

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