DE REPORTEROS

ENIGMA

Un tributo a Carl Sagan

Por Marcos E.C.

No sintió ningún cambio significativo en su organismo, solamente un estado de placidez y calma. Sin ningún objeto extraño en su cuerpo – el reloj de pulsera y el anillo estaban en la mesita de noche- la única relación exterior que le indicó que estaba reduciendo su tamaño, fue el pijama, cuyas mangas parecían gigantescas. Sin temor flotaba en el interior de su ropa que parecía alejarse de su cuerpo a gran velocidad.

Trató de moverse girando sobre si mismo y lo logró sin ninguna dificultad. Quiso desplazarse, y bastaba desearlo para que su cuerpo ocupara una nueva posición. No sentía el movimiento, simplemente estaba en el lugar deseado, podía trasladarse como a saltos, sólo fijando la posición en su mente. El traslado era intemporal, el concepto de velocidad no existía.

Vio a lo lejos dibujarse una malla cuadricular y deseó estar junto a ella. En lugar de la cuadricula encontró una pared ligeramente convexa. Comenzó a rodearla y se percató de que en realidad era una columna de gigantesco diámetro. Miró hacia arriba y apenas pudo distinguir una viga que descansaba sobre la columna, una viga similar estaba bajo sus pies, lejana también.

Al frente se distinguía otra columna. Era en realidad la cuadrícula de la malla. Al acercarse a ella había reducido su tamaño miles de veces. La cuadrícula estaba unida por una especie de telaraña de hilos del grosor de su cuerpo. Se encontraba en un tejido, el tejido de su pijama.

Revisó con cuidado la columna. Ésta no era sólida, estaba formada a su vez por un imbricado tejido de fibras entre las que había espacios. Deseó, ahora con cautela, introducirse en la columna y se encontró, siempre flotando, en un espacio rodeado de masas interrelacionadas que se movían a su alrededor. A medida que reducía su tamaño aquellas masas se volvían gigantescas y al penetrarlas, los espacios parecían abrirse y las paredes, aparentemente sólidas, volvían a tener el aspecto de enormes pelusas flotando a su alrededor.

Detuvo momentáneamente su reducción -también la controlaba a voluntad- para observar cuidadosamente aquel panorama de formas fantasmales que le rodeaban. Algunas masas compactas, mayores que él, se acercaban velozmente y al establecer contacto con su cuerpo parecían cambiar su consistencia para tornarse en una bruma que lo rodeaba obstruyendo momentáneamente su visión. Recordaba una situación similar cuando viajaba en avión a la altura de las nubes, que se veían como densa espuma blanca, como aquellos algodones de azúcar de las ferias, para al ser penetrados, transformarse en aquella niebla grisácea tan similar al ambiente que ahora le envolvía.

Decidió empequeñecerse un poco más para introducirse en una esfera granulada que localizó a lo lejos y se encontró a la entrada de una caverna de profundas oquedades cuyas paredes se entrelazaban con especies de tenues velos que se movían ondulantes.

Se fue adentrando, sin reducirse más, siempre a saltos ordenados por su voluntad, en las galerías más profundas descubriendo nuevos elementos cada vez más pequeños.

Pululaban partículas de formas extrañas, las cuales parecían flotar en el ambiente sin conexión con sus vecinas, las más interconectadas.

Optó por una reducción significativa y una nueva ubicación en el interior de las pequeñas grietas que se percibían en las amorfas paredes de la caverna.

El aspecto del ambiente parecía ahora diferente. En su recorrido hacia la pequeñez su mente se había adaptado a las formas, recurriendo a la imaginación y a la memoria; las lecturas, las imágenes del cine de ciencia ficción, las experiencias oníricas, le habían ayudado a interpretar el entorno, pero ahora reducido su tamaño a escala inverosímil, no encontraba patrones de comparación, las formas no eran familiares, el ambiente era totalmente inhóspito.

Por primera vez sintió la soledad al llegar a las profundidades de la materia, al desolado mundo de los átomos que percibió como esferas nebulosas en movimiento constante. Podía ver los átomos, pero no estaba en ellos y su emoción fue en aumento hasta que tomó la decisión de introducirse en una de aquellas masas.

La poderosa coraza de fuerza eléctrica negativa de los electrones no impidió su paso y de pronto se encontró entre las órbitas de estos presenciando su movimiento, más no su situación en el espacio. Veía la trayectoria de las partículas negativas como estelas, no como cuerpos definidos. Pensó por un momento intentar un movimiento continuo paralelo a un electrón, en lugar de su viajar en saltos, pero intuitivamente desechó esa idea.

Por el número de órbitas supuso que se encontraba en un átomo de carbono, cuyo núcleo se percibía insignificante en su tamaño a una distancia gigantesca. Se desplazó cuidadosamente adentrándose cada vez más hasta el núcleo temido, cuyo poder interno podía sentir, se presentó ante él con toda la magnificencia de su compacta masa.

Hasta el momento, su viaje inverosímil le había acercado cada vez más a lo inconcebiblemente pequeño, pero sus limitados conocimientos teóricos le proporcionaban una explicación de su trayecto. Había pasado por las fibras del tejido de su pijama, adentrándose en las partículas, introduciéndose en las moléculas, llegando a la esplendida sencillez de los átomos.

Había entrado en el área de los electrones, pero ahora frente al núcleo imponente, su razonamiento le negaba las respuestas. Sí, sabía de la configuración interna del núcleo, de su poderosa fuerza, de la concentración de energía positiva que permitía el equilibrio con los campos negativos que acababa de atravesar, pero ¿eso era todo? El inmemorial enigma de la ciencia se encontraba ante él. ¿Estaría a punto de descubrir la partícula mínima? El universo de lo inconmensurablemente pequeño ¿estaba a su alcance?

Sintió el impulso de regresar –si le era posible, claro- pero comprendió que en su situación el temor era absurdo, y quiso entrar en el Núcleo controlando la reducción de su tamaño con sumo cuidado.

Se sintió aprisionado entre dos protones de enorme tamaño, estos se veían sólidos, no existía en ellos ese espacio abierto con el que se había encontrado en las etapas de su viaje. Ahí todo se sentía compacto, indivisible, masa-energía, era bello, era puro, pero ¿Qué había más allá? Palpó su cuerpo, era material sin duda y era más pequeño que aquel protón. No estaba entonces ante la partícula elemental.

Se concentró sin punto de referencia ahora, y deseó reducirse millones de veces y descubrir el enigma. El cambio no fue imperceptible como en los casos anteriores. Ahora sintió un vértigo alucinante, pudo sentir el tiempo y la velocidad, así como el acelerado desplazamiento en el espacio.

De pronto todo termino, sabia que lo había logrado, que se encontraba en el desconocido mundo del microcosmos, más allá del razonamiento humano. Abrió los ojos y el espectáculo de su vista le paralizo en un éxtasis de asombro y humildad.

Se encontraba inmerso entre millones de estrellas. No conocía su tamaño relativo, pero se sentía insignificante en aquel universo de belleza indescriptible. –Poeta, debería ser poeta- solo así podría haberlo descrito.

Había querido llegar a la absoluta pequeñez y se encontraba en el mismo centro del universo.

Identificó supernovas de brillante azul intenso; soles dobles –siameses inevitables en aquel maravillosos orden sideral-; intermitentes pulsares de perfecta sincronía; estrellas enanas de fulgurante brillo; miles de planetas orbitando en un concierto de absoluta perfección.

Contempló extasiado aquella maravillosa inmensidad de luces distantes y quiso conocer sus límites. Pensó en los bordes de aquella galaxia y se encontró entre otra miríada de cúmulos que contenían miles de galaxias, ocupando todo en un espacio sin horizonte.

Presenció la creación de los quásares –explosión colosal de jóvenes galaxias- El desaparecer de puntos brillantes absorbidos en el misterio de los agujeros negros y el penetrar una galaxia en otra, generando después de esa cópula cósmica, distintas conformaciones de imágenes y mundos nuevos. Quiso aumentar su tamaño a la escala de los cúmulos, tomar las constelaciones en su mano y sentir el escurrir de millones de estrellas entre sus dedos. Después crecer ininterrumpidamente hasta poder identificar los límites del cosmos y avizorar, más allá de esos límites, el enigma primigenio de la creación.

La tentación lo llevó a jugar con su crecimiento-reducción de tal modo que el universo se le presentaba como visto a través de un catalejo que aumentaba y disminuía sin límites el escenario cósmico. Presenció de cerca el espectáculo soberbio de las explosiones solares para enseguida ver empequeñecer a las galaxias y proliferar los cúmulos, en la oscuridad de un espacio infinito. Comprendió que era inútil su esfuerzo; aumentar su tamaño no reduciría al universo y algo muy dentro de su corazón, le hizo entender que aún no era tiempo para el privilegio de ver el inicio.

Deambuló entre las constelaciones, escuchando el concierto sublime de los astros, visualmente audible en el silencio absoluto del espacio interminable, y buscó sin prisa la familiar espiral de la Vía Láctea.

Sucesivos desplazamientos años luz, le ubicaron en el exterior de la buscada galaxia y localizar el sistema solar, origen de su condición humana, fue sencillo.

Reguló su tamaño para contemplar calmadamente aquel intrincado sistema planetario que se movía alrededor de un Sol que se presentaba ahora ante él como un tímido exponente de la inmensa maravilla cósmica.

Los núcleos helados de los cometas parecían intrusos en aquella sincronía perfecta de los planetas donde el gigantismo de Júpiter hacía insignificante el tamaño de la Tierra, en su bella y azulada pequeñez.

Fue regresando sin prisa y pronto vislumbró la configuración de los continentes, apenas iluminados por el reflejo de la amada Luna. Se aclararon los contornos y fácilmente pudo distinguir el de su país, sólo interrumpido por ráfagas de nubes. Apareció su ciudad brillantemente iluminada de neón; y su calle, y su casa, y su cama, y el confortante calor de su pijama.

Cerró los ojos y relajó uno a uno los músculos de su cuerpo. Su respiración se tornó pausada y el ritmo de su pulso uniforme. Acunó su almohada y tomó una posición cómoda entre el suave roce de las sábanas.

Como de costumbre, la ventana de su dormitorio estaba abierta, el viento movía cadenciosamente las cortinas y a través de ellas la luz de las estrellas envolvía su cuerpo que descansaba plácidamente dormido.

Ilustración: Marcos E.C.

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