Por Antonio De Marcelo Esquivel
Ahí no dejan de sonar las sirenas de ambulancia de día y de noche, es un ir y venir de unidades de emergencia que llevan personas heridas o con urgencias médicas.
Fuera del hospital, de pronto hay mucha gente y a veces unos cuantos, de día con mucho bullicio, o que por las noches deambulan como fantasmas por las aceras, siempre con la esperanza de recibir buenas noticias y llevarse a su ser querido a casa, con salud o al menos vivo.
Esto no siempre ocurre, a veces los lamentos y gritos de dolor se dejan escuchar entre abrazos y miradas de aliento; por lo general nadie se acerca, los dejan, les dan su espacio, que lloren, que saquen lo que les duele al perder a un ser amado.
Unos miran azorados queriendo no ser el siguiente, otros no voltean, hacen que no ven, como si de esa manera la realidad acabara por ser solo un sueño que no los alcance, porque esto es cosa de todos los días.
Así luce la parte exterior del Hospital General Balbuena, convertida en un microcosmos donde perviven comerciantes, familiares de personas hospitalizadas y entre ellos un puñado de indigentes, los sin techo que aquí hallaron una forma de supervivir.
En este espacio, un camellón entre una calle y otra, los asientos son cooptados por familias que lograron un lugar y lo hacen suyo, cobijas, ropa, cartones, bolsas, chamarras o su presencia impiden que otros los ocupen, cuestión de física, algunos llevan sus sillas o ahí las rentan en 20 pesos.
Y ahí esperan, lo mismo que otros en las jardineras o que ocupan el suelo, más allá los sin techo, unos tienen casas de campaña viejas, casitas hechas de lona, cartones y plásticos, o simplemente un cartón por colchón y sus cobijas.


Ahí hallaron una forma de vida, de subsistencia, al lado de los que esperan volver a su vida cotidiana.
Y es que no faltan las almas caritativas que por una manda, fachada de ONG’s o porque les nace del corazón, acuden a llevar ayuda espiritual o de comida, que es la que más sirve.
Ya sea en lujosos vehículos o modestos autos, bajan con cajas y reparten tortas, pan, agua, refrescos o café.


Los primeros en acercarse son los indigentes, los mejor curtidos en el arte de pedir, luego los familiares de enfermos que apenados llegan a tomar el café y la comida, unos por la mera necesidad, dada la situación económica y otros tal vez solo por no dejar a estas familias con la mano extendida y para pedir “que Dios se los multiplique”.
Y es que cuando el alma duele, cuando el corazón siente ese hueco y muy dentro se sabe que el enfermo puede volver, pero con mortaja, no se tienen ganas de comer o dormir.
Aquí se acaba el discurso del sistema de salud mejor que en Dinamarca, ahí las palabras de los políticos se topan con la realidad, la que ha sido siempre, en México nos morimos por la maldita pobreza.
Mentira que ya hay menos pobres, si no que le pregunten a los miles que vieron marcharse a padres, esposas, hijos o amigos, porque no hubo para darles medicinas y un servicio médico digno.
Lo escrito aquí es verídico, visto con los ojos del autor, pero no se crea a pie juntillas, pregunten a ellos en cualquier hospital de salud del país, a esos que duermen en el suelo, sobre la dura banqueta, con el cielo como cobija, sin baño, sin agua y muchas veces sin consuelo.
Dentro de los hospitales es peor, médicos, enfermeras y camilleros son el primer frente de batalla, luego de paramédicos y voluntarios.
Personal que lucha con lo que hay a la mano, porque el anhelado presupuesto nunca llega hasta abajo, tensiómetros, estetoscopios, termómetros y hasta uniformes comprados con su salario, para ayudar a los que los necesitan y cuando hay es por alguna donación, ese es parte del resultado del “no se compre nada porque hay corrupción”.
Al final, con o sin corrupción, estos guerreros de la salud pelean con sus propias armas, lo que aprendieron en la escuela y a valor mexicano.
Las batas para enfermos, una pena, piltrafas deshiladas, lo mismo que las mantas, camillas metálicas descarapeladas de la pintura, de esas que fueron compradas el siglo pasado.
Y no se diga de los medicamentos o implementos para estudios, que a veces deben ser comprados por los familiares de pacientes, luchas contra el tiempo para que luego no se viva con el fantasma y la culpa del “pude haber hecho más… y que tal que hubiera llegado antes con la medicina, las jeringas, etc…”
Aquí entran los sin escrúpulos, esos para los que el enfermo es solo un número, los que roban lo que piden y dejan en duda que se haga lo posible por la vida del paciente.
A la par familiares pasan la noche acompañando al enfermo, sentados en una silla, en esa espera como si fuera una tortura, porque ya normalizamos el trato inhumano de los servicios de salud en México, la falta de respeto al enfermo y al familiar.
Fotos: DeReporteros

