Icono del sitio DE REPORTEROS

Semejanzas

Por: MARISSA LLERGO

Parecerá extraño que escriba esto, pero por mucho tiempo, me ha intrigado esta serie de semejanzas entre dos seres importantes en mi vida, tan distintos en mucho sentidos y sin embargo, llenos de coincidencias. Mi padre, y mi perro.

Para comenzar, ambos vivieron muchos años. Austin, mi mascota, casi llegó a los diecisiete, y mi padre, 87. Ambos partieron en tiempos de pandemia, ambos, sintiéndose solos. Mi padre, por la partida repentina de mi madre, quien se veía tan fuerte como un roble, pero que perdió la batalla contra el COVID. Austin falleció, mientras dormía, en la guardería del veterinario, pues salimos de viaje por esos días.

Cuando mi perro tenía alrededor de seis años, comenzó a estrellarse con los muebles. Padecía de catarata congénita, y ya estaba casi ciego, así que en el Hospital de especialidades veterinarias le practicaron una cirugía que le devolvió la vista, por otros tantos años. En esa misma época, mi padre vivió una cirugía muy semejante. Debo decir que a mi perro le fue mejor que a mi papá, pues este último nunca quedó bien y un ojo no recuperó la vista, y el otro le quedó muy sensible; hubo que llevar muchos cuidados y atenciones, hasta que finalmente solo veía siluetas. Solíamos bromear acerca de esto, comentando que quizá le hubiese ido mejor con el veterinario.

En su último año de vida, mi perro perdió la vista y el oído.

Seguramente fue algo paulatino pero el caso es que un día me lo encontré atrapado entre la pared y un sofá de la sala, desorientado, gimiendo. Me afligí sobremanera y lo llevé al veterinario, pensando que quizá me diría que era hora de despedirme.

Pero para mi sorpresa y alegría, nos proporcionó un tratamiento de aceite de CBD, el cual a los tres días ya le había cambiado la vida a mi perrito.

Nuevamente concentrado, comenzó a olisquear y a reconocer con su olfato, la casa completa, y se volvió a mover con toda confianza por la casa.

Por otra parte, durante ese mismo año, mi papá, con la vista y el oído casi perdidos, ya no quería salir de su casa. Le daba miedo caerse. Estaba atado a una máquina concentradora de oxígeno, y se movía por su departamento con una andadera, y con bastante confianza porque conocía perfectamente cada esquina del mismo. Mi padre no pudo soportar la partida de mi madre. Ella se fué un día de febrero, y el partió 39 días después. Me llegó después, un comentario hermoso, el cual atesoraré siempre.

Mi padre me dijo, uno de esos dias, que aunque todos los días había personas en su casa, cuidandolo y prodigándole doble atenciones, le gustaba mucho qué yo lo visitara, pues sentía que yo iba únicamente para estar con él. Y es que ciertamente, yo iba a eso, a estar con él, a leerle sus viejas cartas y recortes de amigos, a describirle las imágenes de antiguas fotos, a recordar con él, palabras en lengua maya, o simplemente a escuchar sus historias y recuerdos, aunque ya los hubiera escuchado antes muchas veces. Quizá no estaba mucho tiempo en su casa, ni todos los días, pero cuando iba, estaba con él al cien por ciento. Y mi padre lo sabía. Se fue apagando, como una vela. Y Austin también. Con una chamarra de mi padre y una blusa de mi madre, una Bella amiga me mandó hacer una Osita. La tengo en mi estudio, y la abrazo cada día.

Además, tengo un lugar especial en mi casa, donde estan las fotos de todos aquellos ancestros cercanos que ya partieron a otro plano, y cada día paso por allí y les agradezco mi linaje. La camita donde dormía mi Austin, sigue al pie de la mía, con una imagen de él. No me decido aún a deshacerme de ella, pues su vista me hace sonreír cada mañana.

A mi padre le debo mi existencia en este mundo, la cual es el regalo más grande que existe. Él fue mí figura masculina, mi primer ídolo, mi modelo en muchos aspectos. Hasta el cielo, le envío mil besos, con amor y respeto. A mi perro, muchísima terapia amorosa, por más años de los que podría haber imaginado. Compañero fiel y amoroso en mis circunstancias más difíciles. Son dos seres a los que amé muchísimo. Por supuesto qué no hay comparación posible, y para algunos puede parecer irrespetuoso que los ponga en la misma liturgia; pero los amé, y mucho. Para cada uno, mi amor era diferente. Y, sin embargo, Son demasiadas coincidencias como para dejarlas pasar.

Con amor y nostalgia, Marissa Llergo.

De

SEMEJANZAS

Para DeReporteros

Salir de la versión móvil