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La fila india – Antonio Ortuño

Lectora tapatía

En el panorama de la narrativa jalisciense contemporánea, Antonio Ortuño ocupa un lugar central por la contundencia de su mirada y la precisión de su prosa. Si en otras novelas ha explorado el cinismo social o las perversiones del ámbito laboral, en La fila india se adentra en uno de los dramas más lacerantes del México actual: la migración centroamericana y la violencia estructural que la rodea. El resultado es una novela incómoda, áspera y necesaria.

Publicada en 2013, La fila india sitúa su eje narrativo en una ciudad fronteriza del sur del país, donde un albergue de migrantes se convierte en escenario de tensiones políticas, corrupción institucional y violencia criminal. La protagonista, Irma, funcionaria de bajo rango enviada a “resolver” una crisis mediática, encarna la ambigüedad moral de una burocracia que oscila entre la indiferencia, el miedo y la simulación. A su alrededor, periodistas oportunistas, autoridades negligentes y ciudadanos hostiles construyen un entramado donde la responsabilidad se diluye.

Ortuño evita el sentimentalismo fácil. No idealiza a las víctimas ni convierte a los victimarios en caricaturas planas. Su apuesta es más incómoda: exhibir cómo el sistema entero —medios, gobierno, sociedad civil— participa, de distintas maneras, en la reproducción de la violencia. La novela no se limita a denunciar; disecciona los mecanismos del poder y la retórica oficial que transforma la tragedia humana en estadística o espectáculo.

Uno de los mayores aciertos del libro es su manejo del lenguaje. La prosa de Ortuño es filosa, cargada de ironía y humor negro, pero nunca gratuita. Cada diálogo revela tensiones sociales; cada descripción subraya la precariedad moral del entorno. La violencia no aparece como un estallido aislado, sino como un clima constante, una atmósfera que impregna relaciones laborales, discursos públicos y dinámicas comunitarias.

En términos estructurales, la novela articula múltiples perspectivas que amplían el conflicto y evitan una lectura simplista. Esta polifonía permite comprender que la crisis migratoria no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de un entramado histórico más amplio: desigualdad, impunidad y fragilidad institucional. El albergue deja de ser un espacio local para convertirse en metáfora del país.

La fila india confirma que la literatura jalisciense del siglo XXI puede dialogar con los grandes debates nacionales sin perder arraigo regional. Ortuño no escribe desde la neutralidad: su mirada es crítica, incómoda y deliberadamente perturbadora. Sin embargo, esa misma incomodidad es la que otorga fuerza ética a la novela. Al cerrar el libro, el lector no encuentra consuelo, sino preguntas: ¿quiénes somos frente al sufrimiento ajeno?, ¿qué papel jugamos en la reproducción del miedo y la violencia?

En un contexto donde la migración suele reducirse a cifra o consigna, La fila india recuerda que detrás de cada fila hay nombres, cuerpos y biografías truncadas. La novela no ofrece soluciones, pero sí algo más urgente: una mirada lúcida que obliga a no apartar los ojos.

Foto: Cortesía

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