Por Ricardo Burgos Orozco
Hace algunos meses vi una serie de seis capítulos en Netflix que me encantó porque es una especie de homenaje al futbol. Se llama Un juego de caballeros, un drama que destaca la lucha de clases en la Inglaterra del Siglo XIX y los orígenes de este deporte, el más popular del planeta.
A casi dos siglos después del nacimiento del futbol y a unos meses de que se inaugure un nuevo Mundial, los tiempos en lo que respecta a la lucha de clases y los intereses de todo tipo han crecido en grado superlativo en el balompié internacional. Hoy se manejan miles de millones de dólares e intereses políticos para la organización de una Copa del Mundo como la que vamos a vivir a partir de junio próximo, pero también han aumentado considerablemente las dificultades para garantizar la seguridad a jugadores y asistentes.
México va a ser organizador conjunto con Estados Unidos y Canadá para la edición número 23 de la Copa del Mundo. Si queremos ser realistas, nuestro país y Canadá son solamente comparsas porque en el territorio norteamericano se van a llevar a cabo la mayor parte de los 104 partidos y la final el 19 de julio.
Aquí se van a realizar únicamente 13 juegos del Mundial repartidos entre la Ciudad de México, Guadalajara –hasta ahora — y Monterrey. En el antes Estadio Azteca y hoy Banorte se realizará la inauguración con el México contra Sudáfrica. Por supuesto, la selección mexicana jugará sus primeros tres partidos clasificatorios en suelo mexicano, con muy pocas expectativas de avanzar a las siguientes rondas, a llevarse a cabo en Estados Unidos.
Aunque son pocos los partidos que van a disputarse aquí, la seguridad es primordial para los visitantes – que se esperan en millones, además de los jugadores de los equipos visitantes –. La Federación Internacional de Futbol Asociación, la FIFA, que es un ente con mucho poderío político, ha exigido total garantía para que no exista problema alguno antes y durante el certamen.
Lo peor es que la imagen de México en materia de seguridad, ha quedado muy manchada después de los acontecimientos del 22 de febrero pasado con la muerte de El Mencho, y los posteriores eventos caóticos, especialmente en Guadalajara y Puerto Vallarta.
La FIFA, con todo y su aparente respaldo, teme que puedan ocurrir acontecimientos similares durante el Mundial o mucho más graves como un atentado a instalaciones deportivas por parte de algún grupo criminal o directamente del Cártel Jalisco Nueva Generación, organización a la que pertenecía El Mencho.
Por eso, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo se apresuró a realizar el viernes 06 de marzo una gira por Jalisco, especialmente en Guadalajara y Zapopan – donde se ubica uno de los estadios sede del Mundial – y desde ahí garantizar una Copa del Mundo sin riesgos con operativos militares por aire, mar, tierra y el apoyo de 100 mil efectivos de la Guardia Nacional y del Ejército. La mandataria quiere evitar que Jalisco sea eliminada como sede mundialista, lo que deterioraría más la imagen de México en el extranjero. De por sí, los cruceros turísticos procedentes de Estados Unidos ya no quieren llegar a Puerto Vallarta, como era costumbre, y ahora se quedan en Los Cabos, Baja California Sur.
Aquello que llamaban un juego de caballeros en la Inglaterra del Siglo XIX, hoy ha sufrido una severa metamorfosis en la que están en juego miles de intereses – políticos, económicos y deportivos– e infinidad de riesgos.
Con todo, el deseo es que la Copa del Mundo 23 se realice con saldo blanco.

