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Malos perdedores

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Sebastián Godínez Rivera

Junio ha develado las actitudes antidemocráticas de dos personajes relevantes en América Latina, primero el ejecutivo colombiano, Gustavo Petro, quien se niega a reconocer la derrota de su candidato y el segundo el excandidato presidencial de Perú, Roberto Sánchez, quien buscó anular el voto en el exterior a favor de Keiko Fujimori y en recientes días declaró que convocará a movilizaciones.

La eterna discusión en América Latina versa sobre el respeto a las instituciones, la resiliencia de ellas o su eficacia para canalizar demandas, pero hay poca literatura sobre el comportamiento de las élites, presidentes y actores políticos. La discusión ha profundizado poco en los jugadores y esto genera que coyunturas como la de Colombia y Perú nos parezcan extrañas cuando quizá siempre han estado ahí.

En Latinoamérica hay una crisis de demócratas, pero un alto nivel de malos perdedores que a toda costa quieren preservar el poder. Por ejemplo, el ex candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, fue maniqueo en dos ocasiones con sus preceptos democráticos: 1) tras la primera vuelta en la que se impuso Abelardo de la Espriella dijo que había irregularidades, luego reculó; y 2) el día de la segunda vuelta declaró que el conteo preliminar tenía irregularidades y que impugnaría varias casillas, tras los cómputos reconoció la derrota.

Cepeda puso en vilo la legitimidad democrática de su adversario, pero merece un reconocimiento pues a pesar de la presión de Petro reconoció la derrota. Lamentablemente no es así con el presidente de Colombia quien diario ha estado publicando desde su cuenta de X teorías conspirativas de la compra de votos, un software amañado, la colusión de la extrema derecha para derrotar a la izquierda y hasta ha atacado las instituciones. La derrota sólo exacerbó los rasgos demagógicos del presidente.

Asimismo, sus declaraciones autoritarias e injerencistas se extendieron hasta la segunda vuelta de los comicios presidenciales peruanos en los que Roberto Sánchez inició con la ventaja (apenas se habían contabilizado el 5%). Petro no tardó en proclamar vencedor a Sánchez y lo elogió con un tweet que decía “Perú venció a la extrema derecha y se convierte en bastión del progresismo”, nada más falso porque luego Keiko Fujimori se hizo con la delantera y después hubo otro giro en el que el izquierdista tomó ventaja.

Sin embargo, aún faltaba que el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) peruano contabilizara el voto desde el exterior, el cual era en gran parte para Fujimori. Roberto Sánchez cuestionó que en el extranjero hubieran votado por la candidata derechista y argumentó que “no es posible que pierda en territorio y gane con el sufragio exterior”. La actitud antidemocrática del abanderado de Juntos por el Perú es deleznable, porque cuando él tenía la ventaja llamó a respetar los resultados y a no polarizar, cuando perdió convocó a movilizaciones.

Perú no es un caso aislado teniendo en cuenta su nivel de inestabilidad, ocho presidentes en 10 años, pero que desde las elecciones un candidato desconozca los resultados solo abona  a la crisis de legitimidad. La atomización del sistema de partidos y los intereses de los actores políticos han hecho de esa nación una olla de presión. Los cuestionamientos de Sánchez rayan en lo ilógico y antidemocrático porque su verdadero argumento es “sino gano yo, me hicieron fraude” (en México sabemos bien eso desde 2006 y 2012 con el expresidente López Obrador).

Tras la revisión de algunas actas la ventaja para Keiko Fujimori se incrementó y el bloque de Juntos por el Perú ya declaró que no reconocerán los resultados y se movilizarán. Ante éstas declaraciones la presidenta electa solo respondió que “es una decisión personalísima del otro candidato”. El país andino acaba de ir a las urnas y parece que la nueva presidenta arrancará con cuestionamientos no de todo el país, pero si de un bloque de izquierdas que se niega a comportarse democráticamente.

Ambos casos han cobrado relevancia porque de una u otra forma están ligados por las declaraciones, discursos y la polarización entre izquierdas y derechas. No obstante, es pertinente repensar que diagnosticar, revisar y dar seguimiento a los actores políticos es fundamental para entender el deterioro democrático y la inestabilidad en algunas regiones.

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