Por: ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ
El amor, a quien pintan ciego, es vidente
y perspicaz porque el amante ve cosas que
el indiferente no ve y por eso ama
José Ortega y Gasset
Cuántas veces nos pasa que vernos al espejo no es la mejor experiencia, pero ahí estamos frente a nuestro reflejo, quizá más viejos, con nuevas canas, un grano u otra arruga. Eso también pasa en lo social: los festejos por los triunfos o las derrotas nos muestran cómo somos, qué nos duele, la fiesta, la basura, lo poco empáticos y hasta violentos que podemos ser cuando nos convertimos en muchedumbre.
Los festejos no solo celebran una victoria; también revelan el tipo de sociedad que somos. Las victorias deberían unirnos y, en cierto sentido, así es; el deporte logra lo que los gobernantes no. Esos festejos nos exhiben en nuestras peores miserias. Ahí queda la euforia convertida en estampidas, violencia, imprudencias y un saldo de cuatro personas fallecidas, mientras el Gobierno de la Ciudad evade su responsabilidad.
Aquello no puede despacharse como un simple “exceso de emoción”; es el síntoma de algo mucho más profundo: la incapacidad de una parte de la sociedad para distinguir entre las libertades y el desenfreno. A las víctimas mortales se les fue la vida; ya no regresaron a su casa. Me cuenta un testigo que pudo ser peor: quedó atrapado entre miles de personas y sintió la asfixia y la desesperación. Fueron minutos de terror.
Ha pasado un siglo desde que José Ortega y Gasset escribió La rebelión de las masas, una obra que hoy conserva una vigencia inquietante y resulta aplicable a lo que genera la fiesta del futbol. El filósofo español, que se sigue leyendo en las universidades, describía al hombre masa como aquel individuo que renuncia al esfuerzo de pensar, que actúa por impulso, escudado en el anonimato del grupo y que, precisamente porque se diluye entre la multitud, deja de sentirse responsable de sus actos, hasta que la realidad lo alcanza.
Aquí solo se trata de una descripción; ahí están las imágenes, por ejemplo, de varios que se cuelgan de los semáforos a tres o cuatro metros del suelo; los que escalan los monumentos para dejarse caer sobre la muchedumbre; los que juegan al “quiere volar” con la posibilidad de sufrir una lesión grave; los que hacen su agosto vendiendo alcohol y drogas, a pesar de las restricciones del gobierno de Clara Brugada, a las que nadie hace caso.
Ahí están las toneladas de basura que se riegan sin control en Paseo de la Reforma, en plena época de lluvias, mientras los japoneses recogen sus desechos y limpian el estadio. Aquí pocos se llevan su basura para depositarla en el lugar correspondiente; eso sí, al otro día el ejército de limpia debe recoger lo que nunca debió quedar ahí. Luego nos quejamos de los grandes encharcamientos. Sí, el gobierno no hace lo que le corresponde, pero nosotros también contribuimos.
Es cierto, la fiesta diluye las clases sociales. Ahí vemos cómo una mujer es capaz de arrojarle cobardemente cerveza a un ecuatoriano, simplemente porque trae la playera de su selección. Por eso la muchedumbre no responde a una condición económica ni educativa. El autor advertía que el hombre masa podía vestir traje o uniforme, ocupar un cargo público o una butaca en un estadio. Su rasgo distintivo era otro: creer que sus deseos son suficientes para justificar cualquier conducta.
Cuando la masa invade todos los espacios desaparecen la excelencia, el mérito y también la responsabilidad. La multitud deja de ser una comunidad para convertirse en un organismo impulsivo donde nadie piensa y todos reaccionan, ya sea ante la euforia de la victoria o la frustración de la derrota. La inteligencia individual se diluye hasta desaparecer los frenos morales; ganan las conductas irresponsables… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.
Arturo Suárez Ramírez
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