Por: FERNANDO MERAZ MEJORADO
Amlo fue siempre un espejo roto, se alardeaba de limpieza mientras la mentira le servía de escudo y la hipocresía le daba brillo; su cinismo era un trofeo exhibido sin rubor, sabía que el pueblo perdonaba el disfraz.
Sheinbaum, en cambio, comenzó edificando una imagen de cristal: austera, coherente, ajena al festín del poder y el dinero. Pero la realidad es como un río que desborda diques; los lazos con su predecesor, el peso de los grupos enquistados en Morena y el pacto con el crimen la obligan a ceder, paso a paso, hasta que su rostro se tuerce y la verdad se escapa entre risas fingidas. Hoy, su voz refleja la incomodidad de quien se convierte en lo que juró no ser.
El caso de Ernesto Ruffo es el punto de quiebre, incorporado sin pruebas sólidas a una acusación repentina, revela una justicia que ya no es balanza, sino herramienta. No es nuevo, el PRI la usó como filtro; AMLO la fabricó a su antojo, con causas armadas y cómplices cómodos. Ahora esta herencia se vuelve costumbre, se encubre a unos bajo el manto de la soberanía y se ataca a otros sin fundamento, con jueces que responden a acordeones, donde antes la ley pedía evidencias.
Detrás de todo se adivina el designio: distraer de un escándalo y trasladar la culpa a una figura opositora. Cuando el poder se despoja de la ley y la razón, solo queda la arbitrariedad desnuda: un poder sin autoridad que avanza sin recato hacia el abismo donde la justicia se ha convertido en moneda de cambio.
Fernando Meraz Mejorado
NÉMESIS
De
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