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Mentiras

Foto Ricardo Burgos

Por Ricardo Burgos Orozco

El engaño y el uso de falsas promesas en la política mexicana se ha convertido en una tradición no reciente: Tampoco es exclusivo de un partido político; es una práctica estructurada que nació junto con la república en el Siglo XIX; por eso la retórica grandilocuente y las promesas incumplidas han sido los principales instrumentos para legitimar regímenes, desde la consumación de la Independencia en 1821.

Todavía muchos nos acordamos de aquel discurso del expresidente José López Portillo, en agosto de 1981, en el cual alegaba defender el peso “como un perro” mientras había una profunda crisis financiera, el desplome de los precios internacionales del petróleo y la masiva fuga de capitales. Se cuenta que funcionarios de aquel entonces como Jesús Silva Herzog, secretario de Hacienda, aprovecharon la coyuntura y también exportaron sus propias fortunas para salvarlas de una inminente devaluación. 

Más recientemente, en 2018, Andrés Manuel López Obrador – después de dos intentos frustrados de llegar a la presidencia de la república – prometió el oro y el moro a millones de mexicanos, ávidos de un cambio estructural después de los desalientos en los sexenios del PRI y el PAN. Sin embargo, pese a la defensa férrea de su administración en el actual sexenio, nuevamente mintió como todos los políticos acostumbran.

López Obrador ofreció un crecimiento del 4 por ciento, pacificar al país, regresar el ejército a los cuarteles, resolver crímenes llamados de Estado como el de Ayotzinapa, llegar a tener un servicio de salud de primer mundo. Pura demagogia y mentiras para seguir siendo popular en tanto los homicidios marcaban cifras récord, se militarizaba el país como nunca, utilizaba a la Secretaría de la Defensa como constructor de todo – lo que sigue haciendo Claudia Sheinbaum Pardo –, la atención médica sufría un grave deterioro y se padecía de abasto de medicamentos por una distribución mal administrada y pésimamente planeada.

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo hasta ahora, al parecer, no la lleva mal. En primer lugar, ha sabido contener el torbellino de ataques discursivos y de políticas arancelarias del mandatario norteamericano, Donald Trump. Éste le ha llamado “miedosa” a Sheinbaum Pardo porque dice que teme a los cárteles de la droga que – señala – dominan México, pero la morenista se mantiene prácticamente sin responder y siendo muy diplomática.

Sheinbaum Pardo también elevó a rango constitucional los programas sociales que dejó pendiente López Obrador, implementó nuevos beneficios para mujeres y estudiantes, ha atraído capitales extranjeros, se ha logrado una cifra histórica de empleo, se ha recuperado la capacidad adquisitiva del salario, ha dado seguimiento a la política ferroviaria del sexenio anterior, pero con una mejor planeación, ha promovido medidas severas para la eliminación de privilegios en la burocracia, con la prohibición del nepotismo, la reelección en ciertos cargos y la eliminación de las altas pensiones que tenían exfuncionarios de gobiernos anteriores.

Como seguramente se lo prometió a López Obrador, Sheinbaum Pardo le dio seguimiento hasta concluir con la reforma judicial que permite tener jueces y magistrados a modo para influir en las decisiones legales controvertidas en las cuales antes había independencia. La presidenta señala que hasta ahora no ha habido un dictamen en el cual se diga que favorece al gobierno.

Es cierto, Claudia Sheinbaum Pardo va bien en términos general, pero para muchos de nosotros actúa con demagogia cuando habla de defender la soberanía ante las acusaciones de Estados Unidos contra políticos como Rubén Rocha Moya y otros implicados en supuestas actividades en alianza con cárteles de las drogas. También miente al asegurar que sólo defiende los intereses del pueblo de México en todas sus acciones de gobierno porque sabemos que su objetivo es perpetuar a Morena en el poder.

¿Por qué les funciona a los políticos el engaño y la mentira? Porque es una estrategia que apela a las emociones, el miedo y las esperanzas de los mexicanos. En la cultura política mexicana, los debates racionales e institucionales suelen ser sustituidos por discursos cargados de pasión y polarización (una narrativa de “buenos” contra “malos” o “héroes” contra “villanos”, “izquierda” contra “derecha” y “ultraderecha”) ¿Les suena?

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