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Un lunes sin prisa

Por Nastya Meléndez

Día lunes a las tres de la tarde, es inicio de semana y los pasillos de Parque Tepeyac no se miran con el flujo de gente que suele frecuentar; se siente una atmósfera tranquila pero no desierta. A diferencia de un fin de semana, se nota una calma inusual. Pláticas, risas y pasos son la música que hay en el ambiente. El clima es fresco y frío, pero no demasiado. Desde dentro de la plaza se puede apreciar el cielo completamente blanco, cubierto por la neblina. 

En una banca de piedra, al centro de la plaza, dos amigas descansan por un momento tras una larga caminata entre los pasillos. A lado de una de ellas se aprecian varias bolsas de compras, mientras ambas comparten un helado. Unos metros adelante, una pareja de jóvenes atrapa mi mirada: se toman de las manos y caminan al mismo paso, intercambiando risas y palabras en un ambiente de complicidad y cariño.

El flujo de personas es constante. Un niño pequeño corre mientras su madre intenta seguirle el paso, “¡Ven, no corras!”, escucho decirle a su hijo. Las mascotas también se hacen presentes en este entorno familiar. Una persona pasea a un pitbull gris con un semblante tranquilo, mientras por el pasillo contrario, un perro blanco y pequeño, que usa un curioso suéter azul, jala la correa un poco ansioso.

Atravesando la escena, un hombre del personal de limpieza avanza con ritmo apurado, empujando un carro con varios utensilios: trapeadores, cubetas, escobas y detergentes. Así, entre tiendas y pasillos, la plaza deja de ser solamente un sitio de compras y se convierte en testigo de la vida ordinaria, donde a veces el tiempo se percibe de manera diferente y cada quien habita su propia historia.

Foto: NM

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