Por: ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ
Las cárceles, los hospitales y las escuelas
presentan similitudes porque sirven para la intención
primera de la civilización: la coacción.
Michel Foucault
¡La picota de Palacio!
La primera vez que escuché el término picota fue en el libro Vigilar y castigar, de Michel Foucault. Se trataba de un instrumento para exponer públicamente a una persona: un poste donde era amarrada para ser
castigada, insultada, marcada, abofeteada y avergonzada frente a todos.
La imagen viene a cuento cuando se discute sobre el derecho de las audiencias o la llamada Ley Censura. Claro que a quienes gobiernan no les gusta; se escudan en una supuesta honestidad y, desde ahí, buscan dictar
qué debe o no ver el ciudadano. Prueba de ello es el llamado de la presidenta para que no vean TV Azteca. Buenos o malos, las audiencias deben decidir y punto.
En eso estábamos cuando Luisa María Alcalde estrenó su programa Derecho de Réplica, algo así como lo que hacía Liz Vilchis, pero recargado. Lo que vimos desde Palacio, con recursos públicos y con la fuerza del Estado, es acoso: poner en la picota a quienes no son seguidores de Morena, a los críticos, a los que no aplauden.
Luisa María Alcalde, aquella que en tiempos de Peña Nieto estaba en contra de la censura, dio a conocer una lista de usuarios de X que, según ella, son amplificadores de narrativas contra el gobernador, parte de un supuesto complot de comunicación contra la 4T. Claro que nunca dijo quiénes son los orquestadores ni quién les paga.
Así se pone a comunicadores en la picota, expuestos para que las hordas de salvajes se den vuelo en redes. Pero cuidado: cuando desde el poder se señala públicamente a quienes piensan diferente, las consecuencias pueden ir mucho más allá de una discusión digital.
Porque una cosa es debatir, criticar o responder a los
medios y otra muy distinta es utilizar el poder para exhibir y estigmatizar. La historia demuestra que cuando la picota deja de ser una figura retórica y se convierte en instrumento político, la libertad queda en peligro.
Y eso, en una democracia, debería preocuparnos a todos.
Round dos
Todavía queda en la memoria colectiva el episodio de los
empujones que Alejandro Moreno Cárdenas le dio a Gerardo Fernández Noroña durante el cierre de sesión, ahí en la vieja casona de Xicoténcatl, la antigua
sede senatorial. Obviamente, el episodio se ganó el repudio de todos. Ahora se vivió un nuevo enfrentamiento entre los diputados Carlos Gutiérrez, del PRI, y Arturo Ávila, de Morena, quienes, como en la
secundaria, se dijeron de todo. Eso sí, muy gallos a la hora de los insultos, porque cuando se trató de meter las manos, ninguno se atrevió.
Ese es el nivel de unos y otros: no aguantan, no hay ideas, no hay argumentos; se calientan de más. Ya que el Senado y San Lázaro son un circo, pues que les pongan un ring y que se agarren a madrazos. Que nadie se
espante, ellos se dijeron cosas peores.
Entre Palabras
Ahora que Andy anda en campaña para ser diputado, ¡qué razón tenía su padre! Cuando, exaltado, en un templete y en la plaza pública, gritaba que los malos políticos se iban, pero dejaban a sus hijos.
¡Qué razón la del Pejelagarto!
Escríbeme tus comentarios al correo suartu@gmail.com y sígueme en la cuenta de
Instagram en @arturosuarez_.
Hasta la próxima.
Arturo Suárez Ramírez
PALABRAS MÁS
De
Para DeReporteros

