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La tragedia de Torreón, cuando los hijos devoran el nido

Por: FERNANDO MERAZ MEJORADO

Había una mujer, y Nery Edith Narváez González, que abría el alba en la escuela, guardiana del umbral donde la esperanza escribía sus nombres. Creyó que en esos muros blancos brotarían frutos, no cuchillos.

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Llegaron ellos, jóvenes, pubertos aún, con fuego en el corazón y hielo en la mirada, conocedores del camino que ella les tendió en la Escuela Secundaria Número 13, en el ejido La Union en Torreón, Coahuila. Y en lugar de gratitud, dieron acero. En el aula donde aprendieron a leer el mundo, lo rompieron. Mataron a quien los cuidaba, fríos, calculados, apagando su humanidad antes que levantar la mano.

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Torreón amaneció con el silencio clavado en la garganta. ¿Qué sombra anida en la juventud cuando la luz se va? No es solo pobreza, ni soledad: es la rotura del lazo, la vida ajena pesando menos que un rencor sin nombre.

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Ella, directora del plantel, que vivió para darles futuro, no tiene mañana. Quedan las preguntas que duelen: ¿cómo el protegido devora la mano que lo alimenta? La escuela sigue en pie, pero ya no es la misma. Que su muerte no sea vana: miremos antes que sea tarde, reconstruyamos el vínculo, devolvamos la ternura. Mientras los hijos devoren el nido, no habrá mañana seguro para ninguno.–oOo–

NÉMESIS

Fernando Meraz Mejorado

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