Columnas

Será que la jugada administrativa del Metro llevaría a Rubalcava a ser jefe de gobierno

Por más que se intente minimizar, lo que ocurre hoy en el Sistema de Transporte Colectivo Metro no es un simple ajuste administrativo: es una jugada política de gran calado. Analistas en administración pública coinciden en que Adrián Rubalcava Suárez avanza, sin resistencia visible, hacia el control absoluto del Metro, un aparato estratégico no solo por su peso social, sino por el tamaño de su presupuesto.

La salida de Enrique Herrera García como director de Administración y Finanzas marca un punto de quiebre. Herrera no era un funcionario menor ni circunstancial. Había llegado antes que Rubalcava y respondía directamente a los equilibrios internos que Clara Brugada y su secretario de Administración y Finanzas buscaron imponer para mantener bajo control el presupuesto del Metro, que en 2024 alcanzó los 23 mil millones de pesos. En términos políticos, Herrera era un candado.

Ese candado fue removido.

En su lugar, Rubalcava colocará a Paulina Moreno García, ex priista con ligas directas a los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray Caso. No se trata de una tecnócrata neutra ni de una funcionaria sin historial. Moreno García llega precedida por su reciente destitución como titular de Finanzas del Estado de México, tras una gestión marcada por choques con la gobernadora Delfina Gómez y por señalamientos de corrupción que nunca se disiparon del todo.

Para los expertos consultados, el movimiento es claro: quien controla las finanzas, controla la institución. Con Moreno García al frente del dinero del Metro, el principal beneficiario político será Adrián Rubalcava Suárez. El ex priista y ex panista no oculta su ambición de convertirse en jefe de Gobierno, y el Metro se perfila como la plataforma desde la cual consolidar ese proyecto.

A ello se suma una alianza que no es menor: la que Rubalcava mantiene con Fernando Espino, líder del sindicato del Metro. Finanzas y sindicato: la combinación perfecta para ejercer poder real dentro de uno de los organismos más complejos y sensibles de la Ciudad de México.

Mientras tanto, el silencio resulta ensordecedor. Ni la jefa de Gobierno ni su círculo cercano han fijado postura pública sobre la reconfiguración del poder al interior del Metro. Esa omisión contrasta con la inquietud que ya se percibe en la cúpula de Morena, donde empiezan a preguntarse cómo es posible que los liderazgos de la llamada cuarta transformación se mantengan tan pasivos frente a lo que describen como la voracidad política de Rubalcava Suárez.

La preocupación no es gratuita. Para 2026, el presupuesto del Metro superará los 25 mil millones de pesos. Quien tenga las manos sobre esa caja no solo administra recursos: construye lealtades, condiciona decisiones y proyecta poder hacia el futuro inmediato.

La metáfora que circula en los corrillos políticos es tan exagerada como reveladora: Rubalcava es el dragón ungido en Palacio Nacional, avanzando sin enemigos visibles hacia el Palacio del Ayuntamiento. La pregunta no es si avanza, sino por qué nadie parece dispuesto a enfrentarlo.

Más aún, algunos dentro de Morena temen que Rubalcava pueda convertirse en una suerte de Ernesto Zedillo del movimiento. No por similitudes ideológicas, sino por su posible papel histórico: el de quien termine de poner el último clavo en el ataúd de un proyecto político. Así como Zedillo hizo todo lo necesario para sepultar al PRI que lo llevó al poder, Rubalcava podría ser el personaje que, desde dentro, fracture y debilite a la cuarta transformación iniciada por López Obrador.

Hoy, el Metro no solo mueve millones de personas; mueve ambiciones, alianzas y futuros. Y si los analistas no se equivocan, en 2026 Adrián Rubalcava Suárez no solo tendrá control absoluto del sistema de transporte más importante del país: tendrá en sus manos una de las llaves más poderosas de la sucesión política en la Ciudad de México.

Arriba