Por: SONIA TOLEDO ZUARTH
Neurohábitos: el poder de los pequeños cambios.
Hoy inicia un nuevo año, con nuevos proyectos y nuevos sueños, pero también con la nostalgia de los propósitos del 2025 que no se cumplieron. Te has preguntado, ¿Por qué cuesta tanto cumplir los propósitos cada año? ¿Por qué se comienza con todos los ánimos y a los pocos meses, se abandonan?
El asunto no es que tengas un cerebro perezoso, inconstante o deficiente sino que está mal entrenado en sus hábitos mentales y conductuales, aspecto que puede cambiar completamente.
Quiero abordar el tema desde las Neurociencias, ya que entender de manera práctica como funciona nuestro cerebro, nos permite aprovechar todo su potencial a nuestro favor y poder actuar con un cerebro imparable.
Un tópico muy escuchado en los últimos años es la dispersión constante del cerebro y ello no significa que sea un cerebro incapaz, sino que se encuentra secuestrado de estímulos que le impiden llegar a lo profundo de los temas y a enfocarse en lo importante. Un cerebro disperso se pasa reaccionando ante impulsos y por lo tanto siempre está cansado, por el contrario, un cerebro enfocado vive eligiendo, se vuelve imparable y en consecuencia tolera la incomodidad interna. No es falta de potencial es falta de hábitos eficaces. Vivimos en una época que confunde la actividad con el progreso, el movimiento con avanzar y el ruido con productividad. Nuestros cerebros está compitiendo su atención con distintos estímulos, considerados hoy como urgentes; notificaciones, videos, información fragmentada, trendings, lanzamientos, etc. Eso no ayuda a nuestro cerebro solo lo cansa y deja una huella en la arquitectura neuronal que se traduce como: “no hace falta profundizar, “pronto habrá algo nuevo”.
Por todo lo anterior si deseas tener un cerebro imparable debes trabajar en estos tres hábitos:
- Entrenar la atención sostenida
- Regular tu energía mental
- Construir tu identidad
La atención sostenida es el cimiento para una transformación, en este proceso no se necesita horas sino continuidad y autocontrol, ya que al intentarlo despiertas circuitos dormidos y esto genera incomodidad, cuando el cerebro está acostumbrado a vivir bajo estímulos la profundidad se siente mal, puede llegar incluso a ser irritante. Te invito a hacer la prueba, busca un tema que requiera de tu atención, y trata de concentrarte en eso, verás como en pocos minutos sientes incomodidad y la necesidad de pasar a otro tema o a otras cosas como ver el teléfono, checar redes, etc., tienes unos segundos para continuar o abandonar, si continúas comenzarás a entrenar esta autoestima cognitiva (darte cuenta que eres capaz de concentrarte y permanecer), por ende, generar interés de tu cerebro para estar enfocado, puedes ir avanzando poco a poco, día a día y pronto notarás como cada vez te cuesta menos concentrarte en algo de interés.
Incluso cuando realizas esto de manera consiente te das cuenta de esa necesidad de abandonar y te da curiosidad de saber que pasa si perseveras, poco a poco notarás que la incomodidad va desapareciendo, esta incomodidad se produce porque pones a tu cerebro en abstinencia de estímulos, lo que genera una sensación de vacío que no es agradable. Pero este vacío es una oportunidad, un cerebro imparable no es un cerebro que no se distrae sino el que tolera esa incomodidad. Y ese impulso de cambiar a otra cosa no es intuición, es condicionamiento puro, al que hoy con todo el tema digital estamos sucumbiendo. Al caer en este ciclo, refuerzas la dispersión, pero si no lo obedeces, aunque sea unos minutos refuerzas el enfoque y tu cerebro pasa de un modo reactivo a un modo profundo, la atención sostenida refuerza el cerebro de adentro hacia afuera entrenando la autoestima cognitiva, lo que genera que confíes en tu mente, que puedas sostener un pensamiento, que puedas terminar lo que empiezas y esa confianza cambia tu identidad.
Un cerebro imparable no busca estímulos constantes, busca significado y el significado aparece cuando permaneces, permanecer a una idea, a un proyecto, permanecer con una dificultad, no huir de inmediato y en esta parte, la pregunta del inicio cobra sentido.
Hábito dos, regular tu energía mental, que consiste en no depender de la motivación. Con el primer hábito aprendes a no perder la atención y con este segundo aprendes a no perder la atención por agotamiento interno. Muchos cerebros son dispersos no porque no sepan enfocarse o concentrarse, sino porque se encuentran agotados a nivel mental, emocional y neuroquímico; cuando el cerebro está agotado no se dispersa por capricho, se dispersa para sobrevivir poniéndose en modo alerta y activando el sistema simpático. Algunas veces se hacen comentarios como que las personas enfocadas siempre están motivadas, que siempre tienen ganas de hacer las cosas, que siempre van para adelante, pero las Neurociencias demuestran que esto no depende de la motivación sino de la regulación de su energía mental, la motivación siempre es volátil, la energía regulada es sostenible.
Un cerebro sin regulación vive en un bucle de emociones, días muy productivos seguidos de días nulos, arranques intensos de hacer algo que se apaga rápido y eso no es falta de disciplina, es un sistema nervioso mal regulado. Aquí surge la pregunta, ¿cómo le hago para trabajar este segundo hábito? El secreto está en aprender a trabajar desde la energía disponible, no desde la exigencia constante, ya que cuando te exiges más energía de la que tienes el cerebro se pone en modo defensa y este modo apaga la concentración. Es importante aprender a escuchar nuestro cuerpo y nuestro cerebro, que muchas veces nos esta diciendo “hasta aquí”, pero en lugar de escucharlo lo forzamos.
Sabemos que la atención sostenida consume recursos, no es infinita se agota. Cuando esos recursos bajan el cerebro busca estímulos rápidos para compensar, no porque seas débil, sino porque necesita dopamina para mantenerse despierto, cayendo en un pensamiento erróneo, no es disciplina lo que falta sino energía regulada. Hay que entender que la energía precede a estar enfocado, no puedes pedirle atención o concentración a un cerebro exhausto, no puedes pedir profundidad a una mente saturada, ni constancia a un sistema nervioso en alerta. Un cerebro agotado vive en dos extremos, apagado (sin energía) o sobrestimulado (saltando de un estímulo a otro sin parar) y ambos extremos destruye el foco.
En cambio, un cerebro imparable vive en un punto intermedio activado pero no saturado y este equilibrio se entrena, debes permitir que tu cerebro se recupere, para que tu atención no se vuelva frágil, para que las tareas no pesen y en consecuencia no intervenga la culpa, ya que el cerebro no funciona a base de culpas sino de ciclos de activación y descanso. Un hábito que destruye es vivir en la urgencia diaria, no porque todo sea urgente sino porque tu cerebro así interpreta el entorno, con mensajes constantes, plazos autoimpuestos, expectativas irreales, comparación continua, sensación de ir siempre tarde, actitudes que activan el estrés. Un cerebro así puede resistir pero no rendir bien, la resistencia agota y la regulación sostiene, de aquí la importancia de entrenar este hábito.
Hay que saber cuando pausar, pero no toda pausa recupera energías, esta recuperación no la dan las pantallas, ni tampoco saltando de estímulo en estímulo, rumiar no libera, el cerebro se recupera cuando sale del ciclo estímulo-respuesta y esto se logra con momentos de silencio, concientizando la respiración y con la realización de movimientos suaves.
Este hábito cambia la relación con el rendimiento, no se trata de medir las cosas por cuanto avanzas porque eso agota, sino de medir la calidad de lo que haces. Al trabajar este hábito reduces la autocrítica, cuando estás agotado te juzgas más, te sientes insuficiente, te comparas, te frustras, pero cuando tu energía está regulada te tratas con más claridad, corriges sin destruirte.
Hábito 3: Construir identidad. Este es el hábito que marca la diferencia porque no habla de técnicas sino de construir identidad, es cuando dejas de negociar con tu cerebro los hábitos básicos, simplemente los ejecuta porque forman parte de quien eres, la mayoría fracasa no porque no sepa que hacer sino porque cada día vuelve a decidir si hacerlo o no y esta negociación consume mucha energía, genera fricción, abre la puerta a la duda y desgasta. Un cerebro imparable actúa desde su identidad, no se pregunta si tiene ganas, si le apetece hacer algo o no, simplemente actúa, no porque sea rígido sino porque ya no discute con su mente y eso libera una enorme cantidad de energía mental.
Es importante entender que el cerebro no cambia cuando haces una cosa una vez, cambia cuando deja de ser una decisión, mientras algo sea una decisión diaria, el cerebro lo interpreta como opcional, lo opcional se posterga, se negocia, se abandona cuando hay cansancio, estrés o incomodidad. La identidad no se negocia, no te levantas preguntándote si hoy eres tú, no decides si hoy respiras, no negocias si hoy entiendes tu idioma.
Cuando construyes tu identidad tu cerebro te ve de otra manera, no te ve como alguien que va a probar si se concentra, te ve como alguien que termina lo que empieza, alguien que cuida su atención, te ve como alguien que administra su energía. Eso se llama identidad cognitiva, es decir, el cerebro busca coherencia entre los que haces y lo que crees que eres, cuando repites una conducta el cerebro ajusta la narrativa interna para que encaje, no alrevés. Por eso cuando empiezas a actuar como una personas constante, aunque al principio no te sientas así, el cerebro termina diciendo: “Ah, esto es lo que somos”, y cuando eso ocurre todo resulta más fácil, no porque desaparezca la dificultad, sino porque desaparece la negociación interna.
En otras palabras, este hábito se trata de dejar de discutir con tu mente en lo que ya decidiste que es importante, la mente siempre va a ofrecer excusas, siempre va a sugerir atajos, siempre va a buscar comodidad, no porque sea tu enemiga sino porque está optimizada para ahorrar energía. La diferencia radica en que un cerebro disperso escucha cada objeción, un cerebro imparable no las debate, no las reprime, simplemente no las convierte en decisiones, la deja pasar, y eso es profundamente liberador. Imagínate dejar de discutir todos los días si te levantas o no a hacer ejercicio en lugar de simplemente hacerlo, ¿no observas que hay una gran diferencia en el gasto de energía?
Cuando un hábito se convierte en identidad, pasa algo maravilloso, la fuerza de voluntad deja de ser necesaria, no porque seas más fuerte sino porque ya no eliges, creando solidez, creando una nueva relación con el error, ya que este no es una amenaza sino un informador de una falla, por lo tanto te comunica que fallaste, haces los ajustes necesarios y sigues. Hay menos drama o culpa y más continuidad. Por lo tanto la constancia no es insistir sino NO RENEGOCIAR.
Cuando estos tres hábitos se integran ocurre algo maravilloso, la tensión se estabiliza, la energía se regula y la identidad se consolida, entonces los resultados dejan de depender del estado de ánimo o de la motivación. Un cerebro imparable no es el que no se cansa, es el que no se abandona cuando se cansa, el que no se ataca, no se juzga, no se rinde. Lo que realmente se necesita para cambiar es entender como funciona nuestro cerebro y dejar de luchar contra él volviéndolo nuestro aliado.
Psicóloga SONIA TOLEDO ZUARTH
Fuentes:
-Nazareth Castellanos, Neurocientífica, 2025.
-Dr. Mario Alonso Puig, 2021.
-Dra. Mariam Rojas Estapé, Psiquiatra, 2025.
De
Para DeReporteros

