Por Ricardo Burgos Orozco
Pasé hace unos días a un lado de la entrada de un hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social. Es triste ver cómo la gente debe esperar prácticamente en la calle a tener información de sus familiares que, por desgracia, tuvieron que llegar ahí por alguna complicación de salud. Esas pocas personas son privilegiadas a final de cuentas porque hay millones que carecen de servicios médicos en México.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el Inegi, las mexicanas y mexicanos que no tienen servicios de salud se duplicó del 2018 al 2024 de 20.1 a 44 millones mientras Andrés Manuel López Obrador siempre afirmó durante seis años que el país iba a tener excelencia médica como un país desarrollado. Otra mentira más de las muchas que dijo durante su gestión.
Consecuencia de ese engaño y ese desdén por la salud fueron los 800 mil muertos por la pandemia, el regreso del sarampión como un gran riesgo sanitario y la falta de medicamentos en el país. Y todavía hay quienes le siguen diciendo presidente a López Obrador con una devoción ciega.
Su predecesora, Claudia Sheinbaum Pardo, acaba de presentar hace unos días la Credencial Universal de Salud, cuyo objetivo es garantizar el derecho a la atención médica en el Instituto Mexicano del Seguro Social, IMSS Bienestar, Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado y Pemex. Suena muy bonito, pero en la realidad estamos muy alejados de tener un sistema médico que funcione.
Esa credencial nueva supuestamente permitirá garantizar el acceso a atención médica gratuita en las instituciones públicas de salud, identificar la derechohabiencia y la unidad de salud más cercana a la que puede acudir un paciente, vincular un expediente médico electrónico con toda la información del derechohabiente, agendar citas y conocer la unidad correspondiente para realizar estudios y facilitar el intercambio de información y servicios entre todas las instituciones del sector salud.
Un sueño guajiro que no prosperará más allá del discurso. La realidad es que en los centros o clínicas del IMSS o del ISSSTE ni siquiera puedes cambiar de doctor mucho menos de consultorio u hospital. Una persona conocida quiso hacer una cita con un especialista de angiología en el Hospital Darío Fernández, pero le dijeron que debía hacerlo desde su clínica; lo hizo. Eso fue hace tres meses y todavía sigue esperando. Se han muerto pacientes por falta de atención oportuna.
El personal médico y administrativo de las instituciones de salud pública se la va a pasar por el arco del triunfo esa credencial “universal”. Si de por si están saturados con sus propios pacientes, menos lo van a hacer con personas de otro centro de salud.
El gobierno desde hace muchos años — sea del PRI, del PAN o de Morena — sigue sin entender que la gente no quiere atole con el dedo o discursos políticos con falsas promesas; quiere un servicio médico eficiente, que les resuelvan sus padecimientos en sus propias clínicas y hospitales, que haya suficientes especialistas, que no les den citas para cuatro, cinco o seis meses después cuando posiblemente su enfermedad ya sea terminal o ya estén muertos. A la gente no le importa esperar en la calle información de sus pacientes — eso es lo de menos —; quiere atención médica oportuna.
El que mucho abarca, poco aprieta, dice el refrán popular. Si el gobierno de ahora quiere hacer la diferencia de las administraciones anteriores debe simplemente tener médicos suficientes para atender a la población, contratar especialistas que se encarguen de atender padecimientos específicos de miles de pacientes que esperan a veces hasta la muerte — desde la pandemia, hay un déficit importante de este tipo de doctores —. Ya basta de promesas de saliva que se escuchan muy bonito, pero que son inviables en la práctica.

