Claudia Carrillo
Durante décadas, el país ha logrado que menos personas vivan en pobreza. Sin embargo, para muchas familias, nacer en desventaja sigue marcando el rumbo de su vida.
Un análisis del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) muestra que la pobreza en México ha disminuido de manera importante desde mediados del siglo pasado: se anunció pasó de afectar a cerca del 90% de la población en 1950 a poco más de un tercio en 2024.

Detrás de ese avance hay historias de esfuerzo, crecimiento económico y políticas públicas que, en distintos momentos, lograron abrir oportunidades.
Pero ese progreso tiene un límite visible: la movilidad social. Es decir, la posibilidad real de que una persona mejore su condición respecto a la de su familia de origen. Ahí, el país mantiene una deuda profunda.
El informe identifica tres etapas clave que ayudaron a reducir la pobreza. Primero, entre 1956 y 1984, un periodo de crecimiento económico sostenido y relativamente incluyente. Después, de 1996 a 2006, cuando la estabilidad macroeconómica y programas sociales innovadores mejoraron indicadores de salud, educación e ingreso.
Finalmente, de 2014 a 2024, con avances en ingresos laborales y una mayor cobertura de apoyos sociales.
Aun así, estos logros no han sido suficientes para romper el círculo que mantiene a muchas personas en la misma condición en la que nacieron. La desigualdad de oportunidades sigue siendo un muro difícil de atravesar.
El propio CEEY advirtió que el debate sobre pobreza suele quedarse en cifras de corto plazo, muchas veces politizadas, y deja de lado una conversación más profunda: por qué, a pesar de los avances, millones de mexicanos siguen sin poder cambiar su trayectoria de vida.
Además, el crecimiento económico reciente ha sido irregular e insuficiente. Esto limita la generación de empleos de calidad y frena mejoras sostenidas.
A ello se suma una inversión tanto pública como privada por debajo de lo necesario, lo que impacta directamente en la productividad y en las posibilidades de desarrollo.
Para enfrentar este panorama, el organismo propone una ruta que va más allá de reducir carencias inmediatas.
Plantean fortalecer la estabilidad económica, invertir de forma decidida en salud y educación, y poner como objetivo central la movilidad social.
También subrayarón la importancia de atender a la infancia, erradicar la pobreza extrema, construir un sistema nacional de cuidados que apoye a las mujeres y asegurar que el gasto público beneficie más a quienes menos tienen.
En el fondo, el mensaje es claro: disminuir la pobreza ayuda a aliviar necesidades urgentes, pero no necesariamente transforma destinos: Lograr que una persona tenga verdaderas oportunidades de avanzar sin importar dónde nació sigue siendo uno de los mayores retos del país.
Porque detrás de cada porcentaje hay vidas reales: niñas que sueñan con estudiar, padres que buscan un empleo digno, jóvenes que quieren un futuro distinto. Y para ellos, la pregunta sigue abierta: ¿será suficiente el esfuerzo para cambiar su historia?
Fotos: Cortesía

