La caracola sonó.
Era la hora de dar gracias a los cuatro puntos cardinales, a los cuatro elementos. El teponaztli marcó el ritmo, las conchas de los pies chocaron y las plumas coloridas se movieron rítmicamente.
Quizá una alegoría de nuestros ancestros o tal vez solo la manera como los imaginamos. Porque, que yo sepa, no existen textos reales que narren a lujo de detalle ceremonias y vida común cuando todo era un imperio en estas tierras formadas sobre el agua.
Lo que sí puedo asegurar es que el Sol brillaba como nunca y la luna alumbraba como si fuera de día.
No podía ser diferente.
Más de 500 años después, la danza sigue siendo una manera de honrar a quienes llegaron antes que nosotros.
Las imágenes están ahora en el Metro Auditorio. Las hizo Federico Kampf y forman parte de “Apoteosis”, una obra tridimensional que convierte una estación de paso en un espacio para detenerse, mirar y preguntarse.
Son 750 metros cuadrados de pintura y más de 12 mil piezas que tuvieron que ser ensambladas con precisión para conseguir el efecto holográfico.
Pero hay algo más.
Para entender realmente la obra hay que moverse.
Desde tres puntos distintos de la estación se pueden observar tres pinturas y tres historias diferentes. El pasajero comienza a descubrir una de ellas antes de subir por la escalera eléctrica; mientras avanza, la perspectiva cambia y aparece otra; y al llegar al final, antes de bajar, surge una tercera.
Una sola obra.
Tres historias.
Tres miradas.
Y para descubrirlas hay que hacer algo tan sencillo como seguir caminando.
Ahí está quizá lo extraordinario de “Apoteosis”: el espectador se convierte, sin darse cuenta, en parte de la obra.
No basta quedarse quieto frente al mural. Hay que subir, avanzar, cambiar de posición y volver a mirar.
Cada movimiento revela algo distinto.
Durante la entrega de la obra, el director del Metro, Adrián Rubalcava, destacó que la estación Auditorio no solo fue modernizada, sino que ahora se convierte también en una obra de arte.
Y agradeció al artista por donar a la Ciudad de México una pieza que, dijo, no tiene precio.
Federico Kampf explicó por qué decidió pintar esos muros.
Por esta estación pasan todos los días miles de personas con la mirada en el piso o en el teléfono celular. Su deseo, dijo, era que alguna de ellas levantara la mirada.
Quizá esa sea la verdadera razón de ser de este mural.
Que alguien se detenga.
Que alguien mire.
Que alguien se pregunte qué está viendo.
Y que para verlo completo tenga que caminar.
La jefa de Gobierno, Clara Brugada, habló durante la inauguración de la posibilidad de llevar el arte fuera de los museos y convertir el Metro en un espacio de cultura y memoria.
Dijo que el Metro es la columna vertebral de la movilidad de la ciudad, pero también un espacio público, un lugar de encuentro y una herramienta para democratizar el arte.
Y entonces dijo algo que parece escrito para esta obra:
Hay cosas que solo pueden descubrirse cuando nos movemos.
Porque el Metro es eso.
Movimiento.
Trenes que llegan y se van. Escaleras que suben y bajan. Personas que entran y salen. Miles de historias que coinciden durante unos minutos para después desaparecer por alguno de los túneles.
La estación Auditorio recibe diariamente alrededor de 25 mil 500 usuarios. Muchos van al trabajo, otros a la escuela, algunos al Auditorio Nacional, al Museo de Antropología o al Bosque de Chapultepec.
Ahora todos ellos tienen algo más que mirar.
En “Apoteosis”, la tradición occidental y la civilización mexica se encuentran en una especie de diálogo imposible. Apolo y Dionisio frente a Quetzalcóatl y Xochipilli. Dos mundos que nunca se encontraron en la historia, pero que ahora pueden encontrarse en la imaginación.
Kampf habló también de lo que significó construirla.
Treinta y cuatro días de trabajo. Tres horas de sueño por noche. Más de 12 mil piezas que tuvieron que ser recortadas, pulidas, pintadas y ensambladas. Una sola colocada al revés podía echar a perder el efecto holográfico.
Contó que hubo momentos en los que pensó que no terminarían.
Pero terminaron.
Y ahora la obra busca convertirse en el mural holográfico más grande del mundo. Durante la inauguración, el representante de Guinness World Records entregó la validación de las mediciones realizadas para iniciar el proceso de certificación.
Aunque quizá el récord sea solamente una parte de la historia.
Porque un mural de estas dimensiones puede medirse en metros cuadrados.
Pero difícilmente puede medirse lo que provoca.
Una niña que nunca ha entrado a una galería puede encontrarse con él.
Un joven que va todos los días a la escuela puede descubrirlo.
Una trabajadora que regresa a casa puede levantar la mirada.
Y durante unos segundos, el viaje cotidiano puede convertirse en otra cosa.
En una experiencia.
En una pregunta.
En memoria.
Kampf lo planteó desde la filosofía: el arte no da respuestas, hace preguntas.
¿Estamos dando todo para ser quienes debemos ser?
¿Estamos siendo quienes podemos ser?
Preguntas que quedan suspendidas entre las figuras, los colores y los movimientos de quienes pasan frente a ellas.
Hay algo profundamente chilango en eso.
Porque el Metro también es una ciudad dentro de la Ciudad.
Una ciudad debajo de la Ciudad.
Por sus túneles circulan millones de personas, cada una con sus sueños, sus derrotas, su trabajo, sus preocupaciones y su propio viaje.
Y ahora, en medio de esos túneles, hay 750 metros cuadrados que cuentan tres historias.
Pero para conocerlas hay que moverse.
Tal vez esa sea la verdadera “Apoteosis”.
No el récord.
No las dimensiones.
No la ceremonia.
Sino ese instante en que alguien levanta la mirada, comienza a caminar y descubre que mientras viajaba bajo la ciudad también podía encontrarse con un poco de su historia.
Y entonces la estación deja de ser solamente un lugar para llegar.
Se convierte, por un momento, en un lugar para mirar.

