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Columnas

El pollo chaparro que murió de algo

De mis Diarios de Ciudad

Por Antonio De Marcelo Esquivel

¿Les ha pasado que tienen antojo de algo y, antes de probarlo, ya se imaginan el sabor, la textura, el olor, hasta el color?

A mí me pasa especialmente con la comida. Será porque, como dicen por ahí, son tres los placeres de la vida y uno de ellos es comer. Y si hablamos de México, pues estamos perdidos: visitar Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Yucatán y tantos otros estados es meterse de lleno en una aventura gastronómica. Doña Lucha diría que es pura lujuria.

Y qué decir de la Ciudad de México, donde uno puede encontrar un puesto de garnachas en casi cada esquina: sopes, quesadillas, pambazos, tortas, flautas, tacos de suadero y un sinfín de posibilidades para alimentar ese delito llamado gula.

Pues en esas andaba mi cabeza cuando se me ocurrió que quería pollo rostizado.

Sí, pollo rostizado.

De esos que uno ve dando vueltas y vueltas en el aparador, como rueda de la fortuna, mientras el olor hace su trabajo y convence hasta al que juró que iba a comer ligero.

Estaba en el Centro y dirigí mis pasos hacia un lugar de la calle Tacuba, a unos pasos de la Catedral. Traía unos pesos en la bolsa y pensé que había que dilapidarlos en comida.

¿Qué más da? Me lo merezco, me dije.

Nada más llegar descubrí que el lugar había cambiado. Ahora había que subir una escalera. En fin, tampoco me iba a llevar el restaurante a mi casa.

Pedí un cuarto de pollo rostizado. La duda era si acompañarlo con mole y arroz o con papas a la francesa.

Entonces llegó.

Y ahí comenzó la tragedia.

La pieza que pusieron frente a mí parecía haber salido de una versión económica de Jurassic Park. Una minipierna con mini muslo, de color café, grasosa al tacto y con una apariencia que no inspiraba precisamente confianza.

La tomé entre los dedos para inspeccionarla.

Estaba dura.

Muy dura.

Y tenía ese olor inconfundible de algo que llevaba quién sabe cuánto tiempo esperando volver a ser comida.

Creo que aquella pobre ave había muerto hacía mucho tiempo y, por causas todavía desconocidas, alguien decidió que era buena idea revivirla para servirla en mi plato.

Nada de lo que había imaginado estaba ahí.

Ni el olor que despierta el apetito, ni la textura jugosa, ni ese sabor que uno espera de un buen pollo rostizado.

Frente a mí tenía una cosa que parecía haber perdido toda batalla contra el tiempo.

Y ahí estaba yo, sentado en una silla bastante dura, frente a una mesa que no se quedaba atrás, mientras unos chiquillos hacían ruido a mi lado, un par de mujeres policías conversaban cerca y, enfrente, una familia sacaba refrescos de su propia bolsa.

Pero había un problema adicional: mi bolsillo.

No estaba para pagar y salir corriendo.

Así que ahí me quedé.

Me sirvieron un bolillo duro y una Coca-Cola. Me tomé la Coca para calmar las ansias y me armé de valor.

Probé el pollo.

Lo desmenucé para ver qué había dentro.

Lo único que encontré fue calor.

Calor de microondas.

Aquello no parecía recién rostizado; parecía que alguien había decidido calentarlo de nuevo para darle una segunda oportunidad a una pieza que ya había perdido la primera.

El arroz estaba seco y duro.

El mole, en cambio, era una masa viscosa de color rojo. Curiosamente, terminó siendo lo más rescatable del plato.

De verdad luché por no arrojar aquello a la basura y por no decirle nada al mesero. Pero él era un joven serio y amable y, como dicen, nunca hay que matar al mensajero.

Mientras decidía si comerme el bolillo con Coca-Cola o seguir intentando aquello que llamaban comida, sonó mi teléfono.

Era mi viejo amigo Tomás Rojas.

Tomás fue mi maestro cuando comencé en esto del periodismo hace ya algunas décadas.

Y entonces pensé que quizá no todo estaba perdido.

Al menos tenía una buena llamada en medio de aquella tragedia gastronómica.

Finalmente me tomé la Coca-Cola y me fui.

Tenía otro destino: la presentación del libro de mi amigo Fabio, Pepe, el toro es inocente…

Salí a caminar por Donceles y, como suele ocurrir en esta ciudad, fue la propia calle la que terminó rescatándome.

Un olor a café me detuvo.

Faltaba más de una hora para la presentación, así que decidí entrar.

Una taza de café podía hacerme olvidar aquel pollo.

Y funcionó.

Ahí estaba yo, sentado nuevamente, pero ahora frente a una taza de café, dejando atrás al pollo chaparro que murió de algo —aunque nadie sabe exactamente de qué— y pensando que, después de todo, hasta una mala comida puede terminar convirtiéndose en una buena historia.

Porque así es esta ciudad.

Uno sale a buscar un pollo rostizado y termina encontrando una anécdota.

Y aquí estoy, contándoselas.

Otra trepidante historia de mis Diarios de Ciudad.

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