Pepe Herrera / UNAM Global Revista
La película Elsa y Fred presenta una historia que desafía algunos de los prejuicios más persistentes sobre el amor en la tercera edad. A través de dos personas adultas mayores que se conocen cuando la vida parece haber entrado en una etapa de cierre, la obra muestra que el deseo, la ilusión y la capacidad de enamorarse no desaparecen con los años. Por el contrario, se transforman en una experiencia más consciente, libre de apariencias y profundamente auténtica.
Elsa y Fred no se enamoran desde la urgencia hormonal ni desde la necesidad de cumplir expectativas sociales, sino desde el reconocimiento mutuo, la complicidad y el atrevimiento de volver a soñar. Ambos personajes cargan con historias previas, miedos, pérdidas y aprendizajes, y es precisamente ese bagaje el que les permite construir un vínculo basado en la aceptación y el conocimiento de sí mismos. En lugar de buscar completarse, se acompañan; en lugar de aparentar, se muestran tal como son.
Esta historia encarna de manera ejemplar el amor maduro: un amor que no renuncia a la ternura, al contacto físico ni a la ilusión, pero que ya no depende de la intensidad pasional ni de la función reproductiva para validarse. Elsa y Fred demuestran que, incluso en la vejez, sigue existiendo un proyecto de vida; que la sexualidad va más allá de la genitalidad, y que el vínculo afectivo continúa siendo una fuente fundamental de sentido, bienestar y calidad de vida.
A partir de esta referencia, se abre la reflexión sobre el amor en la tercera edad como una experiencia plenamente vigente, posible y necesaria. Un amor que nace del autoconocimiento, se sostiene en la aceptación genuina del otro y confirma que, mientras haya vida, siempre existe la oportunidad de amar.
Una visión desde la psicología
Esta perspectiva coincide con lo expuesto por la doctora María Montero y López Lena, profesora de la Facultad de Psicología de la UNAM, quien subrayó que persiste un mito profundamente arraigado en la sociedad: la creencia de que las personas adultas mayores ya no pueden enamorarse, amar o ejercer su sexualidad.
La especialista advirtió que este prejuicio no solo es incorrecto, sino que invisibiliza una dimensión fundamental de la experiencia humana. El amor no desaparece con la edad: se transforma, y en esa transformación puede alcanzar niveles de profundidad, autenticidad y plenitud que rara vez se experimentan en etapas más tempranas de la vida. Al igual que en Elsa y Fred, el amor en la vejez se nutre del conocimiento mutuo, de la cotidianidad y de una intimidad que va más allá de lo corporal.
Montero y López Lena explicó que esta intimidad no se limita a la genitalidad, sino que incluye el intercambio emocional y existencial: compartir miedos, expectativas, sueños, frustraciones y esperanzas. En este sentido, incluso en la vejez sigue existiendo un plan de vida; mientras se respira, se vive, se interactúa y se construyen vínculos significativos. La idea de que después de los 60, 70 u 80 años ya no hay proyectos ni deseos resulta, desde la psicología, completamente errónea.

Sexualidad, afecto y vínculo en la vejez
Desde una perspectiva biológica y emocional, los seres humanos estamos capacitados para ejercer nuestra sexualidad durante toda la vida. Sin embargo, es fundamental comprender que la sexualidad no se reduce a la genitalidad: incluye el vínculo afectivo, el contacto físico, la comunicación emocional y la interacción cualitativa con el otro, dimensiones que se mantienen hasta el final de la existencia.
Si bien la genitalidad se transforma con la edad debido a la disminución hormonal, esto no implica su desaparición. En los hombres, la capacidad genital puede manifestarse hasta edades avanzadas, y en las mujeres incluso puede existir una mayor capacidad orgásmica, aunque con tiempos distintos.
El conflicto surge cuando la sexualidad se reduce al rendimiento y no se reconoce la riqueza de otras formas de placer y expresión afectiva. Al final de la vida, como sugiere tanto la experiencia de Elsa y Fred como el análisis psicológico, el vínculo afectivo se convierte en el principal determinante de la felicidad y la calidad de vida.
La doctora María también destacó que el amor en la tercera edad suele percibirse erróneamente como menos intenso, cuando en realidad se vive con mayor conocimiento y conciencia. El autoconocimiento adquirido con los años permite elegir desde la aceptación de lo que se es, no desde la carencia. Esto reduce la agitación, pero no la profundidad del vínculo. El contacto físico, el afecto y la conexión emocional siguen siendo esenciales, recordándonos que la piel, como mayor órgano sexual, continúa siendo fuente de placer, consuelo y bienestar.
Un amor más maduro y sin apariencias
La sociedad de consumo y la mercadotecnia han idealizado de manera excesiva el amor juvenil, la pasión desbordada y los escenarios espectaculares. Se transmite la idea de que el amor verdadero requiere experiencias costosas, viajes exóticos o una intensa actividad sexual. Sin embargo, el amor maduro se desprende de estas exigencias externas. Quien sabe lo que quiere puede experimentar intimidad en un parque, en una conversación profunda o en una simple caricia.

“Cuando alguien nos ama, refleja nuestras cualidades, nuestra ternura, nuestra valentía y también nuestros miedos. En la vejez, esta experiencia es aún más rica, porque la persona posee un mayor conocimiento de sí misma y puede aceptar esos reflejos con naturalidad”, expresó la especialista.
En este tipo de amor, la autenticidad reemplaza las poses y las apariencias; la ternura se reconoce como una cualidad esencial, y se da una aceptación genuina que no debe confundirse con tolerancia, ya que aceptar implica querer al otro tal como es, no simplemente soportarlo.
De esta manera, el amor en la tercera edad no es una versión disminuida del amor juvenil, sino una expresión distinta, más profunda y auténtica. Se basa en el autoconocimiento, la aceptación, la intimidad emocional y el cuidado mutuo.
Plenitud en la cotidianeidad
“No te voy a decir que cada día fue maravilloso. Tuve días malos e incluso tuve días malos contigo, pero tuve más días buenos contigo que con otra persona…”, una frase de la serie The Last of Us que sintetiza la esencia del amor en la tercera edad: un amor que no se idealiza ni se sostiene en la perfección, sino en la elección consciente del otro.
La plenitud en el amor maduro no radica en la ausencia de problemas, sino en la capacidad de atravesarlos juntos. La experiencia, el autoconocimiento y la aceptación permiten comprender que amar no significa evitar los días difíciles, sino reconocer que, incluso con ellos, la vida al lado del otro resulta más significativa, amable y plena.

